
Cuando uno revisa brevemente la bibliografía de Alfredo Bryce Echenique se puede tener la esperanza de que tienes ante ti un buen libro, vamos, con la lógica simplista de la experiencia, más si Alfaguara edita. Cuando uno se topa con un título tan sugestivo: Las amígdalas de Tarzán, caray, las esperanzas son aún más altas. Lástima que todo se haya quedado en eso, al menos para un servidor.
Bryce Echenique publicó en 1970 Un mundo para Julios, y luego siguieron otras como Tantas veces Pedro, La vida exagerada de Mantín Romaña, El hombre que hablaba de Octavio Cádiz, entre otras, que igual son buenas historias, pero en el caso de Las amígdalas de Tarzán la verdad me quedo insatisfecho.
Como mérito literario se pretende revalorar o dimensionar lo que es el género epistolar. Ya hace unos años, en la efervescencia del 2000 Carlos Fuentes juega con este recurso en La silla del águila. Las cartas se emplean por una crisis energética en un futuro muy cercano, y gracias a ello se develan secretos, prácticas, misterios, usos y costumbres del poder público y de la vanidad humana.
En el caso de Las amígdalas de Tarzán, la historia se centra en la pasión de dos amantes que por medio de un intercambio de cartas mantienen el contacto pese a la distancia, ante los rumbos que toman sus vidas, y también para recordar lo que fue la convulsión de América Latina durante los finales de la década de los 70 y principios de los 80, es decir, se trabaja en la génesis de la Década Perdida, los elemento son buenos y ahí están.
¿Qué es lo que ocurre?, ¿en qué momento se pierde la historia?, me parece que por lo extenso de la prosa constantemente se pierde por pretenciosa, es decir, a veces parece que la historia es describir los horrores de la guerra civil en El Salvador, a veces parece que la historia es la amistad-pasión de Fernanda y Juan Manuel, los protagonistas, a veces parece que el relato termina en una terapia en donde la mujer suelta sus netas en cartas, y entre tantos a veces no se llega a detonar un dilema en verdad fuerte, vamos, interesante.
Ahora bien, esta idea de Tarzán, si se espera que recaiga en el amante intenso, en el amante que rompe barreras, que raya en lo animal, en lo salvaje, pues no; resulta que la referencia se maneja sobre la mujer. No sé si lo que se pretende es un sarcasmo, un juego de contrastes, crear un estilo, pero la verdad, me pareció poco claro, por no decir tonto.
La novela perfila, en sus inicios, un grupo de amigos que son algo así como los hijos latinoamericanos que se reúnen para mantener su identidad, casi como hijos del exilio que tienen a París como su gran referente; la prosa se torna en un estilo similar a Cortazar en Rayuela, sin embargo, jamás se llega a la excelsitud de sus descripciones pasionales por la Maga, en fin, el esfuerzo se agradece, pero la comparación parece inevitable.
Curiosamente, cuando vienen las cartas de Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes (que forma tan terriblemente fría de llamar a tu heroína) es cuando la historia avanza, cuando vienen las reflexiones de Juan Manuel Carpio (el amante) la historia, me parece, se torna aburrida, enredada, quizás con tanta búsqueda que no termina por aterrizar.
Y es en este escenario en que se describe un bonito "menash trua" (un sencillo tributo al criollismo), se aborda la violencia intrafamilar, y una familia que lucha por mantenerse unida, pero que nunca tiene un real y absoluto peso en la historia (sería mejor no tenerla), un proyecto artístico entre Juan Manuel y Fernanda, y varios temas más, pero no hay un elemento que resulte memorable, es un avance del tiempo en que uno no atina a encontrar el momento en que estalle algo interesante. La historia no tiene grandes sorpresas
Por si fuera poco, el lenguaje diseñado entre los amantes a ratos es cálido, erótico, pero a ratos es grotesco, ofensivo, vamos, es muy interesante que Fernanda se refiera a Juan Manuel como hijo de puta, siempre y cuando resulte de un transe de la pareja que estalla en catarsis, pero no en una charla casual, pues no hay elemento que lo justifique. Ni siquiera lo salva el contraste de que Fernanda firme sus cartas como Fernanda Tuya, algo que en el texto se explica.
En fin, toda la historia se obstina en confirmar que nunca han estado en el momento justo, en el lugar adecuado, cada uno de ellos sigue su vida, quizás sea el dilema de la historia, que se gastan 30 años de vida añorando su cercanía, pero nunca estando en el momento justo, puede ser, es más, suena emocionante, pero para ello se necesita de una prosa vigorosa, que involucre al lector, no que lo mantenga dando vueltas y no se llegue a algo sustancioso.
Cuando uno toma el inicio de El color del verano, Nuevo “jardín de las delicias”, de Reinaldo Arenas, uno tarda en atrapar el momento y valor de su narrativa, sin embargo, al concluir la novela lo menos que uno desea es saber más sobre La Mofeta, en el caso de Alfredo Bryce Echenique es muy posible que tenga otros muy buenos relatos, pero de momento no siento ánimos de investigar.
Bryce Echenique publicó en 1970 Un mundo para Julios, y luego siguieron otras como Tantas veces Pedro, La vida exagerada de Mantín Romaña, El hombre que hablaba de Octavio Cádiz, entre otras, que igual son buenas historias, pero en el caso de Las amígdalas de Tarzán la verdad me quedo insatisfecho.
Como mérito literario se pretende revalorar o dimensionar lo que es el género epistolar. Ya hace unos años, en la efervescencia del 2000 Carlos Fuentes juega con este recurso en La silla del águila. Las cartas se emplean por una crisis energética en un futuro muy cercano, y gracias a ello se develan secretos, prácticas, misterios, usos y costumbres del poder público y de la vanidad humana.
En el caso de Las amígdalas de Tarzán, la historia se centra en la pasión de dos amantes que por medio de un intercambio de cartas mantienen el contacto pese a la distancia, ante los rumbos que toman sus vidas, y también para recordar lo que fue la convulsión de América Latina durante los finales de la década de los 70 y principios de los 80, es decir, se trabaja en la génesis de la Década Perdida, los elemento son buenos y ahí están.
¿Qué es lo que ocurre?, ¿en qué momento se pierde la historia?, me parece que por lo extenso de la prosa constantemente se pierde por pretenciosa, es decir, a veces parece que la historia es describir los horrores de la guerra civil en El Salvador, a veces parece que la historia es la amistad-pasión de Fernanda y Juan Manuel, los protagonistas, a veces parece que el relato termina en una terapia en donde la mujer suelta sus netas en cartas, y entre tantos a veces no se llega a detonar un dilema en verdad fuerte, vamos, interesante.
Ahora bien, esta idea de Tarzán, si se espera que recaiga en el amante intenso, en el amante que rompe barreras, que raya en lo animal, en lo salvaje, pues no; resulta que la referencia se maneja sobre la mujer. No sé si lo que se pretende es un sarcasmo, un juego de contrastes, crear un estilo, pero la verdad, me pareció poco claro, por no decir tonto.
La novela perfila, en sus inicios, un grupo de amigos que son algo así como los hijos latinoamericanos que se reúnen para mantener su identidad, casi como hijos del exilio que tienen a París como su gran referente; la prosa se torna en un estilo similar a Cortazar en Rayuela, sin embargo, jamás se llega a la excelsitud de sus descripciones pasionales por la Maga, en fin, el esfuerzo se agradece, pero la comparación parece inevitable.
Curiosamente, cuando vienen las cartas de Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes (que forma tan terriblemente fría de llamar a tu heroína) es cuando la historia avanza, cuando vienen las reflexiones de Juan Manuel Carpio (el amante) la historia, me parece, se torna aburrida, enredada, quizás con tanta búsqueda que no termina por aterrizar.
Y es en este escenario en que se describe un bonito "menash trua" (un sencillo tributo al criollismo), se aborda la violencia intrafamilar, y una familia que lucha por mantenerse unida, pero que nunca tiene un real y absoluto peso en la historia (sería mejor no tenerla), un proyecto artístico entre Juan Manuel y Fernanda, y varios temas más, pero no hay un elemento que resulte memorable, es un avance del tiempo en que uno no atina a encontrar el momento en que estalle algo interesante. La historia no tiene grandes sorpresas
Por si fuera poco, el lenguaje diseñado entre los amantes a ratos es cálido, erótico, pero a ratos es grotesco, ofensivo, vamos, es muy interesante que Fernanda se refiera a Juan Manuel como hijo de puta, siempre y cuando resulte de un transe de la pareja que estalla en catarsis, pero no en una charla casual, pues no hay elemento que lo justifique. Ni siquiera lo salva el contraste de que Fernanda firme sus cartas como Fernanda Tuya, algo que en el texto se explica.
En fin, toda la historia se obstina en confirmar que nunca han estado en el momento justo, en el lugar adecuado, cada uno de ellos sigue su vida, quizás sea el dilema de la historia, que se gastan 30 años de vida añorando su cercanía, pero nunca estando en el momento justo, puede ser, es más, suena emocionante, pero para ello se necesita de una prosa vigorosa, que involucre al lector, no que lo mantenga dando vueltas y no se llegue a algo sustancioso.
Cuando uno toma el inicio de El color del verano, Nuevo “jardín de las delicias”, de Reinaldo Arenas, uno tarda en atrapar el momento y valor de su narrativa, sin embargo, al concluir la novela lo menos que uno desea es saber más sobre La Mofeta, en el caso de Alfredo Bryce Echenique es muy posible que tenga otros muy buenos relatos, pero de momento no siento ánimos de investigar.