
Nicolai Gogol
El capote
El capote
¿Es posible que uno pueda amanecer un día sin la nariz?, ¿es posible que un barbero tengo entre sus manos una nariz que no sabe de dónde salió?, más aún, ¿es posible imaginar, o ver, a esa nariz rezando profundamente ante un retablo?
Cambiemos de escenario, ¿qué tan común es que una prenda de ropa nos de tanto valor y autonomía moral como para llegar a la muerte en caso de perderla?, o bien, ¿ que tal el que nos enredemos en una relación afectuosa en donde nada es cierto, donde la mentira es algo así como una piedra que cambia de forma dependiendo la forma en que la miremos?
Cuando uno entra en la literatura de Nicolai Gogol (1809-1852) hay que estar listo para este tipo de angustias, de bromas y de ironías, de lo contrario pareciera que se trata del teatro de lo absurdo.
A Gogol se le agencia la paternidad del realismo fantástico de la literatura rusa. Y más allá de ser sueños, fantasías o pesadillas, sus narraciones empiezan a poner en evidencia toda esa podredumbre y vicios que fueron gastando a la Rusia zarista y que desde luego derivó en toda una revolución social, cultural, económica, etc., del siglo XX.
Nicolai Gogol tiene una pluma muy cálida, hace un invitación al lector, como si se tratara de una confidencia, de algo que quiere contar “en corto”, a fin de que sepamos algo más de esa Rusia atrapada en la apariencia, en su ambición de imitar a lo francés, de las pasiones románticas, pero recordando que hay clases sociales, en donde una prenda nueva te lanza a nuevos escenarios o donde la locura tiene un matiz de socialiación.
El capote (El abrigo, para buscarlo en la red) es un libro de cuentos que publicó Lectorum, y que contiene: La avenida Nevski, El retrato, El capote, La nariz y El diario de un loco, y en cada uno de ellos hay detalles de estilo que hacen del escritor un autor abierto a la experimentación de las formas y los contenidos.
La avenida Nevski es una pretexto para narrar un par de historia de amor que pese a tener un mismo inicio tienen una bifurcación, y aún así, su valor radica en la detallada descripción de esta avenida principal de San Petesburgo, el gran símbolo con el que la élite rusa quiso marcar una distancia con la anquilosada Moscú.
Para quien guste del cine mexicano, hay una saga de cintas que tiene como base un fistol (El fistol del diablo), una prenda de corbata que lleva a sus propietarios a la locura de la ambición (El señor de los anillos, pero en versión mexicana). Esta idea es la que podemos ver en este cuento. Gogol sabe que el arte puede transformar y que escapa a toda norma moral, se funda en la idea de que incluso el mal y quien lo estenta necesita de una obra que lo inmortalice. A mi juicio, el mejor relato del libro.
Para adentrarse en el clasismo, en el artilugio, en la desigualdad y demás fetiches con que la sociedad gusta dividirse, La nariz y El capote es una buena oportunidad. En ellos veremos personajes que sirven de lineamiento posterior a Chejov, es decir, personajes que entran en una espiral de apariencias, de ficción, de imágenes que eso son, sólo imágenes, inventos de la mente para poder ser parte del mundo "feliz".
Diario de un loco, me parece, es un recuento de ideas sueltas que con la pluma de Gogol logran unidad, porque después de todo, ¿quién no ha deseado robar correspondencia de los perros para saber intimidades de sus amos, además de haber sentido desesperación porque en España está por ser designada para la corona una mujer y no un hombre…, ese tipo de angustias hace que se llegue a la locura.
Leer a Gogol nos da la esperanza para los que queremos ver algo más que la realidad fría de que tenemos opciones, es cuestión de poner atención a lo que los sentidos nos ocultan sutilmente, si no, veamos este simple ejemplo:
El asesor colegiado Kovaliov se despertó bastante temprano y resopló -«brrr…»-, cosa que hacía siempre al despertarse, aunque ni él mismo habría podido explicar por qué razón. Kovaliov se desperezó y pidió un espejo pequeño que había encima de la mesa. Quería verse un granito que le había salido la noche anterior en la nariz. Y entonces, para gran asombro suyo, en el lugar de su nariz descubrió una superficie totalmente lisa. Mandó que le trajeran agua y se frotó los ojos con una toalla húmeda: ¡nada, que no estaba la nariz! Comenzó a palparse, preguntándose si estaría dormido. Pero, no; no era una figuración. El asesor colegiado Kovaliov se tiró precipitadamente de la cama, sacudiendo la cabeza con preocupación: ¡no tenía nariz! Pidió su ropa al instante y partió como una flecha a ver al jefe de policía.
La nariz, fragmento