sábado, 22 de septiembre de 2007

Decena trágica que permanece


No sé si sea una virtud o un defecto, pero cuando encuentro a un escritor de mi agrado me vuelvo algo así como un militante. Si fuera un caso de mercadotecnia se puede decir que soy fiel a la marca. Luís Spota es un escritor que me ha hecho seguir su pista de manera particular.

La pequeña edad es una novela que pese a ubicarse en el transe de la decena trágica mantiene actualidad por los dilemas que presenta el escritor. El escenario superficial gira en torno a la familia Rossi atrapada en el fuego cruzado entre fuerzas ¿leales? al gobierno de Francisco I. Madero y los traidores que buscaban derrocarlo.

La actualidad se consolida en un constante dilema de lealtades y cuestionamientos, donde los personajes van sufriendo, se van cuestionando, donde sufren trasformaciones, aunque no por fuerza evolucionen. Por momentos la prosa se recarga en la introspección, en el diálogo con la divinidad, en el cuestionamiento interno, pero a final de cuentas terminan siendo confidencias con que el autor nos involucra en momentos muy lúcidos de su pluma.

La historia inicia con la vida de Aldo Rossi, de origen italiano, comerciante, de vida acomodada, y que está casado con María, mujer obstinada en la dureza, la austeridad y el sacrificio ofrecido a Dios. La pareja tiene como aparente vínculo a Luís Felipe, un niño enfermo de viruela, ¿metáfora de la enferma república, y a la vez llena de un futuro incierto?

Aldo Rossi es un hombre maduro, y sirve como un tipo de amante protector de Betina (mujer que aunque nunca aparece es una sombra permanente en el pensamiento de Aldo), pues la vida marital con María simplemente es inexistente. Aldo sabe que está cerca el tiempo en que tener amante será más por regalos físicos que por fuerza viril. Ese destino parece retrasarlo con Betina. María, por su parte se ha casado con Aldo, porque, pus hay que estar casada. Su vida, herencia de su madre, es vista como sacrificio, como dolor, como negación, cualquier placer mancha, ensucia, la vida es una eliminación de todo tipo de satisfacción, sú único diálogo profundo es con la divinidad, sin que ello elimine momentos de ira, de blasfemia y de interesantes retos a lo sobrenatural. La rutina de los Rossi es simplemente tratar de resolver cada quien su propio dilema vital.

Es este círculo íntimo es que se va desarrollando un círculo externo por la trama político militar. A lo largo de los eventos previos y ya de la decena trágica como tal se discuten teorías, premisas, suposiciones, rumores y cuanto la gente cree es la verdad sobre los momentos de apremio que vive, especialmente el centro de la ciudad, entre el Zócalo y la Ciudadela.

Rossi no es leal a María, pero la confianza que tiene puesta en Madero como el presidente y hombre conveniente del país lo lleva a confiar ciegamente en que éste se mantendrá en el poder (como la terca defensa que hice por algún tiempo del sexenio foxista, perdón por la confesión). Por otra parte, María ve a Madero como el loco, como "ese hombre" que vino a poner el desorden, el que atentó al conveniente orden y gusto porfirista. Spota estuvo lejos de ver los enredos y ridículos del sexenio pasado, pero en La pequeña edad (1964) parece que nos expone el destino que parece tatuaje de nuestro camino: el servirse de México en la búsqueda del beneficio personal.

A medida que los eventos bélicos avanzan se va exponiendo el caos, la miseria, la incongruencia, el desastre de las locuras de las élites. Tiros, gente huyendo, temerosa, cañonazos, militares que no saben por luchan, ni a dónde disparan, pero que cumplen su deber, pues así es esto de la milicia.

Avanzan los hechos bélico, y Rossi, metido en sus angustias, desespera por rescatar a Betina, pero a la vez desea el lógico y heroico triunfo del presidente, por lo que llega al grado de permitir que un cañón de la tropa al mando del capitán Ojeda use su azotea para disparar su cañón en contra de los rebeldes, además de buscar la amistad de Ojeda, en manifestaciones de entre admiración y ternura.

Spota logra, por medio de Ojeda y su tropa extender el dilema emocional de la familia Rossi. De pronto la lucha, el caos, el absurdo, la procacidad está dentro del santuario de los Rossi. Tropa que destruye la casa ocupada, que orina o defeca donde se les antoja, que vive con sus soldaderas momentos escasos de placer corporal, La lucha de clases degrada toma el control de la historia. Pero no hay escapatoria, las calles son una copia de lo que se vive en el interior, suciedad, muertos que tienen que ser apilados e incinerados (en la medida de lo posible), hace que el ambiente esté permanentemente cargado de heces, orines y carne putrefacta.

Ojeda, a su vez, es el claro ejemplo del héroe que sabe que no van a ganar, que su lucha está al margen de las decisiones de los superiores (como si oyéramos a Óscar Chávez y su canción de Román Castillo, quien ya tiene roto su espadín), que su tropa no tiene parque, el rancho en famélico, que siente pena por la miserable condición en que lucha, que no sabe bien a bien cómo explicar el qué o por que hay que hacerlo si no tiene ninguna posibilidad de éxito, que será perdedor por mantenerse fiel a sus propias e inconvenientes convicciones. ¿Ojeda es el pequeño estoico que todos podemos tener dentro en tanto no nos pleguemos a intereses más materiales?

Es en este entorno miserable, de cuestionamientos que diversos detalles mantienen el interés de la novela: Rossi obstinado en conseguir un salvoconducto para poder rescatar a Betina, María que en un momento de debilidad se entrega a la pasión carnal, y con ello empezar a cuestionar su limitada visión de la vida; un Luís Felipe que es parte del conflicto, pero visto como magia, como emoción, donde aún hay un tiempo de bueno y malos.

Para quien se sienta atraído por esta novela encontrará grata la presencia de la servidumbre de la familia Rossi, que mezcla servilismo, lealtad e incluso la insolencia del criado que ya es parte de la familia, por los diálogos políticos que parece que son de apenas hace 3 días (ya sea en México o en Latinoamérica), por los motivos del vecino de los Rossi y su pequeña venganza contra una sociedad escrupulosa, pero especialmente por la forma en que María representa su propia expiación por medio de la muerte de un soldado, manifestación de lo sagrado, de lo carnal, de lo fiel, de lo absurdo, ¿y es que caso no es eso la vida del ser humano?

Luís Spota, en La pequeña edad, da una muestra más de ser una pluma fuerte, ágil, profunda, pero que por ello elitista, que mantiene vigencia, frescura e invita internarse en sus relatos.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Balatas quemadas


Pasados los cuarenta minutos de rigor, por fin llegó la grúa que había pedido Esteban a su servicio de auxilio vial. El calor era intenso, y de no haberse estacionado bajo un árbol se habría cocido fácilmente en la plancha de asfalto que no tiene piedad de nada ni nadie.

Desde la llegada de ésta ve cosas raras, el ruido del motor, desde donde se encuentra es muy fuerte, la cabina vibra como si fuera una tina de hidromasaje, al pasar junto a una llanta el olor nauseabundo de balatas quemadas le golpea la nariz, pese a que las puertas están cerradas estás no ajustan como seguramente lo hacían hace unos 25 años, o al menos eso pareciera. El punto culminante es cuando la pluma de la unidad “trata” de subir su auto enganchado, sí, tratar, pues necesita de una cuña de metal para que el brazo pueda mantenerse en el ángulo necesario. Es tarde y Esteban no está como para hacer gran escándalo por la deplorable grúa

La aventura inicia cuando pretende abordar la unidad de su “salvador”. La puerta está más descuadrada de lo que se ve a simple vista (por asombroso que parezca), así que abrirla es complicado, hay que presionar fuerte (bastante fuerte) el botón de la manija, cuando por fin cede parece que se va a caer como si fuera un coche de payaso de circo. El asiento está lleno de recortes de diarios, tan amarillos que ni caso tiene tratar de ver fechas, de revistas un tanto destrozadas, el tablero tiene un infaltable peluche color obispo, de las calcomanía que hay en vidrio trasero de la cabina es de lo más típico, una de Jesús con su corona de espinas y al lado una que tiene impresa una gatita sensual con la inolvidable frase “no llevo”.

Por fin sube el grullero a la cabina, de inmediato lanza la pregunta: ¿para dónde vamos? El tipo de gordo, está sucio, tiene los ojos un tanto inflamados, sus labios están resecos, no se puede saber si está despeinado porque pareciera que tiene con su gorra algo así como quince días, quizás más. Recibe la dirección y sin más arranca la unidad. La máquina suelta un alarido que parece vivir un suplicio de enfermo terminal. Esteban piensa que la unidad se resiste como un tigre ante su domador en algún truco. Cuando entró la primera velocidad, luego de dos intentos empezó la preocupación, parecía que la grúa estaba en peores condiciones que su auto enganchado.

La marcha de la grúa no pudo ser más desalentadora. Era tan pesada, ruidosa, parecía que sólo era cosa de esperar para que poco a poco fuera dejando la defensa, el guardafango, los birlos, en el camino. Esteban sentía entre angustia por la unidad y un insano consuelo de que lo que había sufrido su coche era realmente una simpleza frente a lo que sufría la grúa en cada giro de sus neumáticos.

- ¿Mucho tráfico? –Dijo Esteban para tratar de no pensar en las angustias de esa cafetera.
- Más o menos, -respondió el grullero- Lo que sí está jodido es la cruda que me cargo.

Esteban hizo una sonrisa, una mueca, en sí, lo más amable que pudo. El héroe que el seguro le había mandado no era más que un borracho en acto de contrición.

- Estuvo fuerte la fiesta –Esteban lanza la afirmación para tratar de entender y aligerar la confesión del conductor de la grúa.
- No, lo que pasa es que mi hija andaba con el novio y como éste andaba algo tomado, pues chocaron, nada grave, pero tuve que ir a hacerles el paro.
- Ah, -dijo Esteban, ya más sereno-, bueno, ¿fue una noche muy larga?
- Sí
- ¿Y en cuanto salió todo ese rollo?
- En seis mil pesos –dijo el grullero alzando las cejas, como si nunca hubiera visto esa cantidad.

El trayecto no era del todo agradable, la grúa rechinaba entre cómica y desesperante cada vez que frenaba, claro, con el ya presente olor a balatas quemadas, Esteban no quiso pensar más en ello, ¿qué iba a ganar?, ya estaba metido en esta y sólo esperaba que llegara bien, sano, completo, con todo y auto remolcado con su mecánico.

Los siguientes 10 minutos sólo se escuchan los ruidos que nacen de todos lados de la grúa. No hay charla, no hay tema, no hay deseos, el grullero metido en sus líos, Restaban pensado en todas las cosas que como cada día, que como cada semana, que como cada mes, lo tienen más tiempo fuera de su casa que dentro de ella. No es simple abandono, quizás es el matiz de la nueva esclavitud de este siglo: perseguir satisfactores a toda costa. Un cavernícola con su lanza dominó a la naturaleza, un celular ahora te domina tu naturaleza.

- Ah,-exclama con angustia el grullero-¿aquí era a vuelta?
- No, hay que seguir más adelante es pasando el parque España –dijo Esteban para serenar al capital de navegación.
- Ah, menos mal –dijo el piloto, al tiempo que se metía un cepillo de dientes en la boca. Esteban se preguntaba ¿quién diablos usa un cepillo dental como mondadientes?
- Abusado, no se distraiga así, casi me da un susto –Esteban pensó que decir esto en tono un tanto ligero sería bueno, estaba preocupado, pero no era buena idea ponerse a discutir a mitad del camino.
- Disculpe, -un tanto apenado- lo que pasa es que me quedé pensando que mi teléfono celular, porque se lo quedó mi esposa y no le borre un mensaje.
- Ah, algún mensaje de su novia casual –a Esteban le importaba un comino las aventuras sexuales del conductor, pero pensó que así, paradójicamente, lo tendría más atento al camino.
- Es que el mensaje es de una amiga donde me avisa la semana pasada que ya le había bajado –al tiempo que la caja de velocidades soltaba un alarido seco por no aceptar el cambio que el grullero demandaba.

Esteban no supo si sentirse incómodo ante la vulgaridad de lo confesado o maravillado por esa “travesura” de la que se había salvado el conductor.

- ¿Lleva mucho en ese negocito?, preguntó Esteban para mantener la charla
- Como dos años
- Mmhh –rumió Esteban, pues el llevaba cinco años de casado, y nunca se había animado a tener su amante, un sentimiento de áspera envidia le empezó a frotar los músculos- ¿entonces ya no es algo un tanto más serio lo que llevan?
- No –dijo con tono cínico- es una vieja que está…, como dicen, insa…, insa…
- Insatisfecha –apuró Esteban.
- Sí, eso, una vez le di servicio en la noche y sin más me soltó que estaba hasta la madre de su buey, que no le hacía caso, que trabajaba mucho, ya sabe, chillonas como son. –el grullero no tenía ningún tipo de miramiento o disculpa, manejaba un tono de sólo-hago-lo-que-debo.
- Mmmmm, -musitaba Esteban que sin saber motivo empezaba a sentir curiosidad morbosa,
- Yo –decía el chofer-, la verdad es que la paso bien, pero este tipo de broncas en que me quería meter la verdad ni me van ni me viene, total, si ella se embaraza ese es su bronca, y del pobre buey que no se da cuenta. La vieja está rica, para que negar, pero que ni crea que me va a embarcar.
- Claro –atinó a decir Esteban.
- Además -completó el chofer- como uno anda en la calle no hay problema, es más, a ella la veo cercas de Insurgente, ni siquiera paso a su casa, no vaya a ser un día nos caiga el chahuistle.

La charla estaba cayendo en confidencias que de tan corrientes resultaban simpáticas a Esteban. Sólo es un chofer –pensó-, un fulano que apenas se gana unas monedas al día, que no tiene futuro, que no tiene nombre, ¿acaso no tiene derecho a tener sus aventuritas para no sentir tanto la miseria de su destino? Sólo aprovecha lo que otro deja ausente.

- ¿Y cómo es la tipa esta en cuestión?
- Chaparrita, de cabello oscuro, eso sí, tiene una “pechonalidad” –el grullero hizo un ademán entre asquerosa y divertida-, la verdad es que está bastante buena cuando se lo propone, yo creo que cuando se pone para su buey y el muy pendejo ni caso le hace.
- Ah, -sin haber razón Esteban empezó a sentir una especie de molestia, como de calorcito en cuerpo, como si algo lo empezara a perturbar.
- ¿Y a qué hora la puede ver?, porque esto de la grúa es muy pesado, ¿no?
- Ah, uno se da sus mañitas, justo al vi el día de ayer, me dijo que su viejo había ido a mecánico, que porque su coche andaba jodido y que se iba a quedar ahí un buen rato.

Esteban empezó a sentir una molestia más que aplastante. Es absurdo –pensó-, miles de personas al día, en una ciudad tan grande como esta van al mecánico todos los días. No hay motivo para empezar a pensar cosas que ni al caso.

- Sí, fue ayer celebramos lo de que ya le había bajado, total, ella fue la que me mostró su pescadito.
- ¿Pescadito –dijo Esteban ya muy interesado.
- Sí, tiene un pescado…, más bien un delfín, sepa la chingada, allá por donde le platiqué, a ella le gusta mucho que juegue con su pescadito –el chofer buscó con su codo, en la imaginaria el brazo de Esteban para decir lo que faltaba.

Desde ese momento Esteban quedó en silencio. Ya no le importó el olor de las balatas, la brusquedad para pasar los topos, poco le interesó el sentir la marcha de esa carcacha que parecía que tenía los baches integrados a las llantas. Por fin llegaron a donde el mecánico iba a revisar el coche.

Esteban sólo vio cuando el grullero bajó su unidad, levantó el reporte y emprendió la marcha, no son antes hacer gemir a la máquina, que peleaba como gato salvaje cada vez que pretendía meter una velocidad.

Cuando la grúa dio vuelta por la esquina sólo atinó a murmurar,-y yo todavía le ando pagando su seguro de auxilio vial a Mariana.