
Pasados los cuarenta minutos de rigor, por fin llegó la grúa que había pedido Esteban a su servicio de auxilio vial. El calor era intenso, y de no haberse estacionado bajo un árbol se habría cocido fácilmente en la plancha de asfalto que no tiene piedad de nada ni nadie.
Desde la llegada de ésta ve cosas raras, el ruido del motor, desde donde se encuentra es muy fuerte, la cabina vibra como si fuera una tina de hidromasaje, al pasar junto a una llanta el olor nauseabundo de balatas quemadas le golpea la nariz, pese a que las puertas están cerradas estás no ajustan como seguramente lo hacían hace unos 25 años, o al menos eso pareciera. El punto culminante es cuando la pluma de la unidad “trata” de subir su auto enganchado, sí, tratar, pues necesita de una cuña de metal para que el brazo pueda mantenerse en el ángulo necesario. Es tarde y Esteban no está como para hacer gran escándalo por la deplorable grúa
La aventura inicia cuando pretende abordar la unidad de su “salvador”. La puerta está más descuadrada de lo que se ve a simple vista (por asombroso que parezca), así que abrirla es complicado, hay que presionar fuerte (bastante fuerte) el botón de la manija, cuando por fin cede parece que se va a caer como si fuera un coche de payaso de circo. El asiento está lleno de recortes de diarios, tan amarillos que ni caso tiene tratar de ver fechas, de revistas un tanto destrozadas, el tablero tiene un infaltable peluche color obispo, de las calcomanía que hay en vidrio trasero de la cabina es de lo más típico, una de Jesús con su corona de espinas y al lado una que tiene impresa una gatita sensual con la inolvidable frase “no llevo”.
Por fin sube el grullero a la cabina, de inmediato lanza la pregunta: ¿para dónde vamos? El tipo de gordo, está sucio, tiene los ojos un tanto inflamados, sus labios están resecos, no se puede saber si está despeinado porque pareciera que tiene con su gorra algo así como quince días, quizás más. Recibe la dirección y sin más arranca la unidad. La máquina suelta un alarido que parece vivir un suplicio de enfermo terminal. Esteban piensa que la unidad se resiste como un tigre ante su domador en algún truco. Cuando entró la primera velocidad, luego de dos intentos empezó la preocupación, parecía que la grúa estaba en peores condiciones que su auto enganchado.
La marcha de la grúa no pudo ser más desalentadora. Era tan pesada, ruidosa, parecía que sólo era cosa de esperar para que poco a poco fuera dejando la defensa, el guardafango, los birlos, en el camino. Esteban sentía entre angustia por la unidad y un insano consuelo de que lo que había sufrido su coche era realmente una simpleza frente a lo que sufría la grúa en cada giro de sus neumáticos.
- ¿Mucho tráfico? –Dijo Esteban para tratar de no pensar en las angustias de esa cafetera.
- Más o menos, -respondió el grullero- Lo que sí está jodido es la cruda que me cargo.
Esteban hizo una sonrisa, una mueca, en sí, lo más amable que pudo. El héroe que el seguro le había mandado no era más que un borracho en acto de contrición.
- Estuvo fuerte la fiesta –Esteban lanza la afirmación para tratar de entender y aligerar la confesión del conductor de la grúa.
- No, lo que pasa es que mi hija andaba con el novio y como éste andaba algo tomado, pues chocaron, nada grave, pero tuve que ir a hacerles el paro.
- Ah, -dijo Esteban, ya más sereno-, bueno, ¿fue una noche muy larga?
- Sí
- ¿Y en cuanto salió todo ese rollo?
- En seis mil pesos –dijo el grullero alzando las cejas, como si nunca hubiera visto esa cantidad.
El trayecto no era del todo agradable, la grúa rechinaba entre cómica y desesperante cada vez que frenaba, claro, con el ya presente olor a balatas quemadas, Esteban no quiso pensar más en ello, ¿qué iba a ganar?, ya estaba metido en esta y sólo esperaba que llegara bien, sano, completo, con todo y auto remolcado con su mecánico.
Los siguientes 10 minutos sólo se escuchan los ruidos que nacen de todos lados de la grúa. No hay charla, no hay tema, no hay deseos, el grullero metido en sus líos, Restaban pensado en todas las cosas que como cada día, que como cada semana, que como cada mes, lo tienen más tiempo fuera de su casa que dentro de ella. No es simple abandono, quizás es el matiz de la nueva esclavitud de este siglo: perseguir satisfactores a toda costa. Un cavernícola con su lanza dominó a la naturaleza, un celular ahora te domina tu naturaleza.
- Ah,-exclama con angustia el grullero-¿aquí era a vuelta?
- No, hay que seguir más adelante es pasando el parque España –dijo Esteban para serenar al capital de navegación.
- Ah, menos mal –dijo el piloto, al tiempo que se metía un cepillo de dientes en la boca. Esteban se preguntaba ¿quién diablos usa un cepillo dental como mondadientes?
- Abusado, no se distraiga así, casi me da un susto –Esteban pensó que decir esto en tono un tanto ligero sería bueno, estaba preocupado, pero no era buena idea ponerse a discutir a mitad del camino.
- Disculpe, -un tanto apenado- lo que pasa es que me quedé pensando que mi teléfono celular, porque se lo quedó mi esposa y no le borre un mensaje.
- Ah, algún mensaje de su novia casual –a Esteban le importaba un comino las aventuras sexuales del conductor, pero pensó que así, paradójicamente, lo tendría más atento al camino.
- Es que el mensaje es de una amiga donde me avisa la semana pasada que ya le había bajado –al tiempo que la caja de velocidades soltaba un alarido seco por no aceptar el cambio que el grullero demandaba.
Esteban no supo si sentirse incómodo ante la vulgaridad de lo confesado o maravillado por esa “travesura” de la que se había salvado el conductor.
- ¿Lleva mucho en ese negocito?, preguntó Esteban para mantener la charla
- Como dos años
- Mmhh –rumió Esteban, pues el llevaba cinco años de casado, y nunca se había animado a tener su amante, un sentimiento de áspera envidia le empezó a frotar los músculos- ¿entonces ya no es algo un tanto más serio lo que llevan?
- No –dijo con tono cínico- es una vieja que está…, como dicen, insa…, insa…
- Insatisfecha –apuró Esteban.
- Sí, eso, una vez le di servicio en la noche y sin más me soltó que estaba hasta la madre de su buey, que no le hacía caso, que trabajaba mucho, ya sabe, chillonas como son. –el grullero no tenía ningún tipo de miramiento o disculpa, manejaba un tono de sólo-hago-lo-que-debo.
- Mmmmm, -musitaba Esteban que sin saber motivo empezaba a sentir curiosidad morbosa,
- Yo –decía el chofer-, la verdad es que la paso bien, pero este tipo de broncas en que me quería meter la verdad ni me van ni me viene, total, si ella se embaraza ese es su bronca, y del pobre buey que no se da cuenta. La vieja está rica, para que negar, pero que ni crea que me va a embarcar.
- Claro –atinó a decir Esteban.
- Además -completó el chofer- como uno anda en la calle no hay problema, es más, a ella la veo cercas de Insurgente, ni siquiera paso a su casa, no vaya a ser un día nos caiga el chahuistle.
La charla estaba cayendo en confidencias que de tan corrientes resultaban simpáticas a Esteban. Sólo es un chofer –pensó-, un fulano que apenas se gana unas monedas al día, que no tiene futuro, que no tiene nombre, ¿acaso no tiene derecho a tener sus aventuritas para no sentir tanto la miseria de su destino? Sólo aprovecha lo que otro deja ausente.
- ¿Y cómo es la tipa esta en cuestión?
- Chaparrita, de cabello oscuro, eso sí, tiene una “pechonalidad” –el grullero hizo un ademán entre asquerosa y divertida-, la verdad es que está bastante buena cuando se lo propone, yo creo que cuando se pone para su buey y el muy pendejo ni caso le hace.
- Ah, -sin haber razón Esteban empezó a sentir una especie de molestia, como de calorcito en cuerpo, como si algo lo empezara a perturbar.
- ¿Y a qué hora la puede ver?, porque esto de la grúa es muy pesado, ¿no?
- Ah, uno se da sus mañitas, justo al vi el día de ayer, me dijo que su viejo había ido a mecánico, que porque su coche andaba jodido y que se iba a quedar ahí un buen rato.
Esteban empezó a sentir una molestia más que aplastante. Es absurdo –pensó-, miles de personas al día, en una ciudad tan grande como esta van al mecánico todos los días. No hay motivo para empezar a pensar cosas que ni al caso.
- Sí, fue ayer celebramos lo de que ya le había bajado, total, ella fue la que me mostró su pescadito.
- ¿Pescadito –dijo Esteban ya muy interesado.
- Sí, tiene un pescado…, más bien un delfín, sepa la chingada, allá por donde le platiqué, a ella le gusta mucho que juegue con su pescadito –el chofer buscó con su codo, en la imaginaria el brazo de Esteban para decir lo que faltaba.
Desde ese momento Esteban quedó en silencio. Ya no le importó el olor de las balatas, la brusquedad para pasar los topos, poco le interesó el sentir la marcha de esa carcacha que parecía que tenía los baches integrados a las llantas. Por fin llegaron a donde el mecánico iba a revisar el coche.
Esteban sólo vio cuando el grullero bajó su unidad, levantó el reporte y emprendió la marcha, no son antes hacer gemir a la máquina, que peleaba como gato salvaje cada vez que pretendía meter una velocidad.
Cuando la grúa dio vuelta por la esquina sólo atinó a murmurar,-y yo todavía le ando pagando su seguro de auxilio vial a Mariana.
Desde la llegada de ésta ve cosas raras, el ruido del motor, desde donde se encuentra es muy fuerte, la cabina vibra como si fuera una tina de hidromasaje, al pasar junto a una llanta el olor nauseabundo de balatas quemadas le golpea la nariz, pese a que las puertas están cerradas estás no ajustan como seguramente lo hacían hace unos 25 años, o al menos eso pareciera. El punto culminante es cuando la pluma de la unidad “trata” de subir su auto enganchado, sí, tratar, pues necesita de una cuña de metal para que el brazo pueda mantenerse en el ángulo necesario. Es tarde y Esteban no está como para hacer gran escándalo por la deplorable grúa
La aventura inicia cuando pretende abordar la unidad de su “salvador”. La puerta está más descuadrada de lo que se ve a simple vista (por asombroso que parezca), así que abrirla es complicado, hay que presionar fuerte (bastante fuerte) el botón de la manija, cuando por fin cede parece que se va a caer como si fuera un coche de payaso de circo. El asiento está lleno de recortes de diarios, tan amarillos que ni caso tiene tratar de ver fechas, de revistas un tanto destrozadas, el tablero tiene un infaltable peluche color obispo, de las calcomanía que hay en vidrio trasero de la cabina es de lo más típico, una de Jesús con su corona de espinas y al lado una que tiene impresa una gatita sensual con la inolvidable frase “no llevo”.
Por fin sube el grullero a la cabina, de inmediato lanza la pregunta: ¿para dónde vamos? El tipo de gordo, está sucio, tiene los ojos un tanto inflamados, sus labios están resecos, no se puede saber si está despeinado porque pareciera que tiene con su gorra algo así como quince días, quizás más. Recibe la dirección y sin más arranca la unidad. La máquina suelta un alarido que parece vivir un suplicio de enfermo terminal. Esteban piensa que la unidad se resiste como un tigre ante su domador en algún truco. Cuando entró la primera velocidad, luego de dos intentos empezó la preocupación, parecía que la grúa estaba en peores condiciones que su auto enganchado.
La marcha de la grúa no pudo ser más desalentadora. Era tan pesada, ruidosa, parecía que sólo era cosa de esperar para que poco a poco fuera dejando la defensa, el guardafango, los birlos, en el camino. Esteban sentía entre angustia por la unidad y un insano consuelo de que lo que había sufrido su coche era realmente una simpleza frente a lo que sufría la grúa en cada giro de sus neumáticos.
- ¿Mucho tráfico? –Dijo Esteban para tratar de no pensar en las angustias de esa cafetera.
- Más o menos, -respondió el grullero- Lo que sí está jodido es la cruda que me cargo.
Esteban hizo una sonrisa, una mueca, en sí, lo más amable que pudo. El héroe que el seguro le había mandado no era más que un borracho en acto de contrición.
- Estuvo fuerte la fiesta –Esteban lanza la afirmación para tratar de entender y aligerar la confesión del conductor de la grúa.
- No, lo que pasa es que mi hija andaba con el novio y como éste andaba algo tomado, pues chocaron, nada grave, pero tuve que ir a hacerles el paro.
- Ah, -dijo Esteban, ya más sereno-, bueno, ¿fue una noche muy larga?
- Sí
- ¿Y en cuanto salió todo ese rollo?
- En seis mil pesos –dijo el grullero alzando las cejas, como si nunca hubiera visto esa cantidad.
El trayecto no era del todo agradable, la grúa rechinaba entre cómica y desesperante cada vez que frenaba, claro, con el ya presente olor a balatas quemadas, Esteban no quiso pensar más en ello, ¿qué iba a ganar?, ya estaba metido en esta y sólo esperaba que llegara bien, sano, completo, con todo y auto remolcado con su mecánico.
Los siguientes 10 minutos sólo se escuchan los ruidos que nacen de todos lados de la grúa. No hay charla, no hay tema, no hay deseos, el grullero metido en sus líos, Restaban pensado en todas las cosas que como cada día, que como cada semana, que como cada mes, lo tienen más tiempo fuera de su casa que dentro de ella. No es simple abandono, quizás es el matiz de la nueva esclavitud de este siglo: perseguir satisfactores a toda costa. Un cavernícola con su lanza dominó a la naturaleza, un celular ahora te domina tu naturaleza.
- Ah,-exclama con angustia el grullero-¿aquí era a vuelta?
- No, hay que seguir más adelante es pasando el parque España –dijo Esteban para serenar al capital de navegación.
- Ah, menos mal –dijo el piloto, al tiempo que se metía un cepillo de dientes en la boca. Esteban se preguntaba ¿quién diablos usa un cepillo dental como mondadientes?
- Abusado, no se distraiga así, casi me da un susto –Esteban pensó que decir esto en tono un tanto ligero sería bueno, estaba preocupado, pero no era buena idea ponerse a discutir a mitad del camino.
- Disculpe, -un tanto apenado- lo que pasa es que me quedé pensando que mi teléfono celular, porque se lo quedó mi esposa y no le borre un mensaje.
- Ah, algún mensaje de su novia casual –a Esteban le importaba un comino las aventuras sexuales del conductor, pero pensó que así, paradójicamente, lo tendría más atento al camino.
- Es que el mensaje es de una amiga donde me avisa la semana pasada que ya le había bajado –al tiempo que la caja de velocidades soltaba un alarido seco por no aceptar el cambio que el grullero demandaba.
Esteban no supo si sentirse incómodo ante la vulgaridad de lo confesado o maravillado por esa “travesura” de la que se había salvado el conductor.
- ¿Lleva mucho en ese negocito?, preguntó Esteban para mantener la charla
- Como dos años
- Mmhh –rumió Esteban, pues el llevaba cinco años de casado, y nunca se había animado a tener su amante, un sentimiento de áspera envidia le empezó a frotar los músculos- ¿entonces ya no es algo un tanto más serio lo que llevan?
- No –dijo con tono cínico- es una vieja que está…, como dicen, insa…, insa…
- Insatisfecha –apuró Esteban.
- Sí, eso, una vez le di servicio en la noche y sin más me soltó que estaba hasta la madre de su buey, que no le hacía caso, que trabajaba mucho, ya sabe, chillonas como son. –el grullero no tenía ningún tipo de miramiento o disculpa, manejaba un tono de sólo-hago-lo-que-debo.
- Mmmmm, -musitaba Esteban que sin saber motivo empezaba a sentir curiosidad morbosa,
- Yo –decía el chofer-, la verdad es que la paso bien, pero este tipo de broncas en que me quería meter la verdad ni me van ni me viene, total, si ella se embaraza ese es su bronca, y del pobre buey que no se da cuenta. La vieja está rica, para que negar, pero que ni crea que me va a embarcar.
- Claro –atinó a decir Esteban.
- Además -completó el chofer- como uno anda en la calle no hay problema, es más, a ella la veo cercas de Insurgente, ni siquiera paso a su casa, no vaya a ser un día nos caiga el chahuistle.
La charla estaba cayendo en confidencias que de tan corrientes resultaban simpáticas a Esteban. Sólo es un chofer –pensó-, un fulano que apenas se gana unas monedas al día, que no tiene futuro, que no tiene nombre, ¿acaso no tiene derecho a tener sus aventuritas para no sentir tanto la miseria de su destino? Sólo aprovecha lo que otro deja ausente.
- ¿Y cómo es la tipa esta en cuestión?
- Chaparrita, de cabello oscuro, eso sí, tiene una “pechonalidad” –el grullero hizo un ademán entre asquerosa y divertida-, la verdad es que está bastante buena cuando se lo propone, yo creo que cuando se pone para su buey y el muy pendejo ni caso le hace.
- Ah, -sin haber razón Esteban empezó a sentir una especie de molestia, como de calorcito en cuerpo, como si algo lo empezara a perturbar.
- ¿Y a qué hora la puede ver?, porque esto de la grúa es muy pesado, ¿no?
- Ah, uno se da sus mañitas, justo al vi el día de ayer, me dijo que su viejo había ido a mecánico, que porque su coche andaba jodido y que se iba a quedar ahí un buen rato.
Esteban empezó a sentir una molestia más que aplastante. Es absurdo –pensó-, miles de personas al día, en una ciudad tan grande como esta van al mecánico todos los días. No hay motivo para empezar a pensar cosas que ni al caso.
- Sí, fue ayer celebramos lo de que ya le había bajado, total, ella fue la que me mostró su pescadito.
- ¿Pescadito –dijo Esteban ya muy interesado.
- Sí, tiene un pescado…, más bien un delfín, sepa la chingada, allá por donde le platiqué, a ella le gusta mucho que juegue con su pescadito –el chofer buscó con su codo, en la imaginaria el brazo de Esteban para decir lo que faltaba.
Desde ese momento Esteban quedó en silencio. Ya no le importó el olor de las balatas, la brusquedad para pasar los topos, poco le interesó el sentir la marcha de esa carcacha que parecía que tenía los baches integrados a las llantas. Por fin llegaron a donde el mecánico iba a revisar el coche.
Esteban sólo vio cuando el grullero bajó su unidad, levantó el reporte y emprendió la marcha, no son antes hacer gemir a la máquina, que peleaba como gato salvaje cada vez que pretendía meter una velocidad.
Cuando la grúa dio vuelta por la esquina sólo atinó a murmurar,-y yo todavía le ando pagando su seguro de auxilio vial a Mariana.
1 comentario:
woww creo q me gusto màs este blog q el otro jeje¡¡aqui andarè¡¡
besitos
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