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viernes, 7 de septiembre de 2007

Balatas quemadas


Pasados los cuarenta minutos de rigor, por fin llegó la grúa que había pedido Esteban a su servicio de auxilio vial. El calor era intenso, y de no haberse estacionado bajo un árbol se habría cocido fácilmente en la plancha de asfalto que no tiene piedad de nada ni nadie.

Desde la llegada de ésta ve cosas raras, el ruido del motor, desde donde se encuentra es muy fuerte, la cabina vibra como si fuera una tina de hidromasaje, al pasar junto a una llanta el olor nauseabundo de balatas quemadas le golpea la nariz, pese a que las puertas están cerradas estás no ajustan como seguramente lo hacían hace unos 25 años, o al menos eso pareciera. El punto culminante es cuando la pluma de la unidad “trata” de subir su auto enganchado, sí, tratar, pues necesita de una cuña de metal para que el brazo pueda mantenerse en el ángulo necesario. Es tarde y Esteban no está como para hacer gran escándalo por la deplorable grúa

La aventura inicia cuando pretende abordar la unidad de su “salvador”. La puerta está más descuadrada de lo que se ve a simple vista (por asombroso que parezca), así que abrirla es complicado, hay que presionar fuerte (bastante fuerte) el botón de la manija, cuando por fin cede parece que se va a caer como si fuera un coche de payaso de circo. El asiento está lleno de recortes de diarios, tan amarillos que ni caso tiene tratar de ver fechas, de revistas un tanto destrozadas, el tablero tiene un infaltable peluche color obispo, de las calcomanía que hay en vidrio trasero de la cabina es de lo más típico, una de Jesús con su corona de espinas y al lado una que tiene impresa una gatita sensual con la inolvidable frase “no llevo”.

Por fin sube el grullero a la cabina, de inmediato lanza la pregunta: ¿para dónde vamos? El tipo de gordo, está sucio, tiene los ojos un tanto inflamados, sus labios están resecos, no se puede saber si está despeinado porque pareciera que tiene con su gorra algo así como quince días, quizás más. Recibe la dirección y sin más arranca la unidad. La máquina suelta un alarido que parece vivir un suplicio de enfermo terminal. Esteban piensa que la unidad se resiste como un tigre ante su domador en algún truco. Cuando entró la primera velocidad, luego de dos intentos empezó la preocupación, parecía que la grúa estaba en peores condiciones que su auto enganchado.

La marcha de la grúa no pudo ser más desalentadora. Era tan pesada, ruidosa, parecía que sólo era cosa de esperar para que poco a poco fuera dejando la defensa, el guardafango, los birlos, en el camino. Esteban sentía entre angustia por la unidad y un insano consuelo de que lo que había sufrido su coche era realmente una simpleza frente a lo que sufría la grúa en cada giro de sus neumáticos.

- ¿Mucho tráfico? –Dijo Esteban para tratar de no pensar en las angustias de esa cafetera.
- Más o menos, -respondió el grullero- Lo que sí está jodido es la cruda que me cargo.

Esteban hizo una sonrisa, una mueca, en sí, lo más amable que pudo. El héroe que el seguro le había mandado no era más que un borracho en acto de contrición.

- Estuvo fuerte la fiesta –Esteban lanza la afirmación para tratar de entender y aligerar la confesión del conductor de la grúa.
- No, lo que pasa es que mi hija andaba con el novio y como éste andaba algo tomado, pues chocaron, nada grave, pero tuve que ir a hacerles el paro.
- Ah, -dijo Esteban, ya más sereno-, bueno, ¿fue una noche muy larga?
- Sí
- ¿Y en cuanto salió todo ese rollo?
- En seis mil pesos –dijo el grullero alzando las cejas, como si nunca hubiera visto esa cantidad.

El trayecto no era del todo agradable, la grúa rechinaba entre cómica y desesperante cada vez que frenaba, claro, con el ya presente olor a balatas quemadas, Esteban no quiso pensar más en ello, ¿qué iba a ganar?, ya estaba metido en esta y sólo esperaba que llegara bien, sano, completo, con todo y auto remolcado con su mecánico.

Los siguientes 10 minutos sólo se escuchan los ruidos que nacen de todos lados de la grúa. No hay charla, no hay tema, no hay deseos, el grullero metido en sus líos, Restaban pensado en todas las cosas que como cada día, que como cada semana, que como cada mes, lo tienen más tiempo fuera de su casa que dentro de ella. No es simple abandono, quizás es el matiz de la nueva esclavitud de este siglo: perseguir satisfactores a toda costa. Un cavernícola con su lanza dominó a la naturaleza, un celular ahora te domina tu naturaleza.

- Ah,-exclama con angustia el grullero-¿aquí era a vuelta?
- No, hay que seguir más adelante es pasando el parque España –dijo Esteban para serenar al capital de navegación.
- Ah, menos mal –dijo el piloto, al tiempo que se metía un cepillo de dientes en la boca. Esteban se preguntaba ¿quién diablos usa un cepillo dental como mondadientes?
- Abusado, no se distraiga así, casi me da un susto –Esteban pensó que decir esto en tono un tanto ligero sería bueno, estaba preocupado, pero no era buena idea ponerse a discutir a mitad del camino.
- Disculpe, -un tanto apenado- lo que pasa es que me quedé pensando que mi teléfono celular, porque se lo quedó mi esposa y no le borre un mensaje.
- Ah, algún mensaje de su novia casual –a Esteban le importaba un comino las aventuras sexuales del conductor, pero pensó que así, paradójicamente, lo tendría más atento al camino.
- Es que el mensaje es de una amiga donde me avisa la semana pasada que ya le había bajado –al tiempo que la caja de velocidades soltaba un alarido seco por no aceptar el cambio que el grullero demandaba.

Esteban no supo si sentirse incómodo ante la vulgaridad de lo confesado o maravillado por esa “travesura” de la que se había salvado el conductor.

- ¿Lleva mucho en ese negocito?, preguntó Esteban para mantener la charla
- Como dos años
- Mmhh –rumió Esteban, pues el llevaba cinco años de casado, y nunca se había animado a tener su amante, un sentimiento de áspera envidia le empezó a frotar los músculos- ¿entonces ya no es algo un tanto más serio lo que llevan?
- No –dijo con tono cínico- es una vieja que está…, como dicen, insa…, insa…
- Insatisfecha –apuró Esteban.
- Sí, eso, una vez le di servicio en la noche y sin más me soltó que estaba hasta la madre de su buey, que no le hacía caso, que trabajaba mucho, ya sabe, chillonas como son. –el grullero no tenía ningún tipo de miramiento o disculpa, manejaba un tono de sólo-hago-lo-que-debo.
- Mmmmm, -musitaba Esteban que sin saber motivo empezaba a sentir curiosidad morbosa,
- Yo –decía el chofer-, la verdad es que la paso bien, pero este tipo de broncas en que me quería meter la verdad ni me van ni me viene, total, si ella se embaraza ese es su bronca, y del pobre buey que no se da cuenta. La vieja está rica, para que negar, pero que ni crea que me va a embarcar.
- Claro –atinó a decir Esteban.
- Además -completó el chofer- como uno anda en la calle no hay problema, es más, a ella la veo cercas de Insurgente, ni siquiera paso a su casa, no vaya a ser un día nos caiga el chahuistle.

La charla estaba cayendo en confidencias que de tan corrientes resultaban simpáticas a Esteban. Sólo es un chofer –pensó-, un fulano que apenas se gana unas monedas al día, que no tiene futuro, que no tiene nombre, ¿acaso no tiene derecho a tener sus aventuritas para no sentir tanto la miseria de su destino? Sólo aprovecha lo que otro deja ausente.

- ¿Y cómo es la tipa esta en cuestión?
- Chaparrita, de cabello oscuro, eso sí, tiene una “pechonalidad” –el grullero hizo un ademán entre asquerosa y divertida-, la verdad es que está bastante buena cuando se lo propone, yo creo que cuando se pone para su buey y el muy pendejo ni caso le hace.
- Ah, -sin haber razón Esteban empezó a sentir una especie de molestia, como de calorcito en cuerpo, como si algo lo empezara a perturbar.
- ¿Y a qué hora la puede ver?, porque esto de la grúa es muy pesado, ¿no?
- Ah, uno se da sus mañitas, justo al vi el día de ayer, me dijo que su viejo había ido a mecánico, que porque su coche andaba jodido y que se iba a quedar ahí un buen rato.

Esteban empezó a sentir una molestia más que aplastante. Es absurdo –pensó-, miles de personas al día, en una ciudad tan grande como esta van al mecánico todos los días. No hay motivo para empezar a pensar cosas que ni al caso.

- Sí, fue ayer celebramos lo de que ya le había bajado, total, ella fue la que me mostró su pescadito.
- ¿Pescadito –dijo Esteban ya muy interesado.
- Sí, tiene un pescado…, más bien un delfín, sepa la chingada, allá por donde le platiqué, a ella le gusta mucho que juegue con su pescadito –el chofer buscó con su codo, en la imaginaria el brazo de Esteban para decir lo que faltaba.

Desde ese momento Esteban quedó en silencio. Ya no le importó el olor de las balatas, la brusquedad para pasar los topos, poco le interesó el sentir la marcha de esa carcacha que parecía que tenía los baches integrados a las llantas. Por fin llegaron a donde el mecánico iba a revisar el coche.

Esteban sólo vio cuando el grullero bajó su unidad, levantó el reporte y emprendió la marcha, no son antes hacer gemir a la máquina, que peleaba como gato salvaje cada vez que pretendía meter una velocidad.

Cuando la grúa dio vuelta por la esquina sólo atinó a murmurar,-y yo todavía le ando pagando su seguro de auxilio vial a Mariana.

jueves, 19 de julio de 2007

Nelly y su departamento


Sentía la boca tan amarga como las cervezas que apenas unas horas antes habían corrido por su garganta. El sol brillaba en la ventana que tenía al lado derecho de su cama. Sólo abrió los ojos, pero la pesadez del su cuerpo le impidió moverse, no sentía deseos ni de estirarse, tan sólo abrió los ojos, no le importaba la molestia en el cuerpo, en el estómago, que aunque se incendiaba ya era una sensación conocida.

Sólo sus ojos se movían, parecía como si estuvieran siguiendo a la sombra que jugaba en las cortinas. Su habitación tenía el aire totalmente enrarecido, pero no importaba, estaba solo, quería estar solo, ansiaba que todo lo que ocurriera fuera de su habitación fuera fantasía, sueño, un engaño de sus sentidos, un engaño más.

Minutos, minutos, más minutos pasaban y no conseguía aclarar su mente. Trataba de recordar el momento en que había empezado todo, el instante en que se dejó guiar por algo que tal era instinto, que seguramente era vanidad, que fue la decisión peor tomada en el momento más inapropiado. Necesitaba repasar la película una y otra vez, pero cada vez que esto ocurría algo se distorsionaba, cambiaban los diálogos, las respuestas, los gestos, el ordenamiento de la cosas, el impacto de lo vivido. Era ver una película que en cada exhibición se transformaba.

¿Qué pasó por su mente cuando le dijeron: a que no te atreves?, –ese fue el momento en que su mente empezó a articular ideas- . Estaba ebrio, hacía calor, era agobiante la intensidad de las luces que de ese antro que no dejaba pensar con claridad. Sí, era una chica algo extraña, estaba sola, pero buscando, algo tosca de facciones, algo raro había en ella, pero había mucha agitación, había mucho alcohol, había mucho que exaltaba los sentidos, todo estaba conjugado para que él aceptara el reto y le invitara una copa más.

Claro –pensó-, eso de quedar como héroe es lo que me movió, lucir ante los demás, no quedarme con ganas de sentir algo, finalmente soy joven, soy guapo, son un modelo, soy admirable, ¿qué me puede pasar?, nunca me ha pasado nada, ¿por qué no me puedo atrever?

Maldito sea el momento en que di ese paso –al tiempo que se pasa la mano por la comisura del labio-. Ahora es tarde, ya estoy totalmente embarrado, hasta el cuello. Que si lo vemos con calma, desde otro lugar, nada me obliga, nada me compromete, en tanto sea discreto, después de todo, ¿es realmente posible que sea descubierto?

El sol avanzaba por la ventana, imitaba un fuga, ya era tiempo de levantarse, pero un nuevo arrebato de memoria lo dejó en la misma posición en que ya tenía rato: podemos ir a mi departamento –decía esa voz exquisita-, eres un chico agradable y creo que podemos pasarla bien.

Cuando volvió a repasar ese momento un nervio vibró en su brazo, parecía que había vuelto a revivir esa emoción de haber ligado tan fácilmente: todo gracias a un par de caballitos de tequila, sin duda estaba de suerte, y podía presumirlo ante las sonrisas maliciosas y algo envidiosas de sus compañeros.

Su departamento –recordaba- era sencillo, pero eso era lo de menos, él iba a lo que le correspondía, no estaba para fijarse, una cama sin cabecera no era tan o más digna que el asiento trasero donde conoció por primera vez el deseo satisfecho.

Pero si todo iba muy bien…, -meditó-, bueno, eso creo, porque tanto alcohol me dejó tan bruto que ya no me importaba qué hacía, ni con quien estaba, ni lo que hacía…, que buey, de verdad que no recuerdo nada, pero claro, cuando te encuentras a la mañana desnudo en la habitación de una mujer con la que pudiste pasar un rato divertido todo es diferente. En serio, qué podía estar mal, quién me podía reclamar algo.

Alzó sus manos, se jaló con algo de violencia sus cabellos al tiempo que se dijo con severidad: qué carajos vas a hacer…

Apenas unos instantes pasaron de su reflexión cuando la voz de su mujer le gritó desde la planta baja: ¡Mi amor, ya va a estar el desayuno, no te tardes, recuerda que tenemos que ir con mis papás!

Se quedó en silencio, no supo que responder, sabe que las palabras que salgan de su cavernosa garganta no serán adecuadas, serán graves, serán hoscas, serán tan diferentes a cuando se anda a la caza de una mujer solitaria, con deseo de ser acompañada y bañada de caricias.

Claro –se convence-, nadie tiene que saber, ¿pero ella estará tan tranquila todo el tiempo?, vamos, no podrá tener la curiosidad como la que tuve al meterme en las sábanas de Nelly ese día. ¿Qué hubiera pasado si tan sólo me visto y salgo del departamento, sin despertarla, claro, fue mi deseo no satisfecho de horas antes lo que me llevó a meterme a lado de su cuerpo, si no hubiera tenido tantos deseos no hubiera pasado nada. Nada se puede hacer, el mal momento ya pasó. Quien me oyera en este momento diría que estoy loco, además de tener su desprecio y asco asegurado.

En fin, tengo que levantarme, tengo que desayunar con una buena sonrisa, tengo que acompañar a Lucía con sus papás, también es bueno que los niños vean a sus abuelos, si tengo suerte podré estar en casa a eso de la media tarde, y si tengo aún mejor fortuna nadie me preguntará nada cuando salga. Todo depende si al rato encuentro a Samuel y no tiene nada que hacer, y así poder llevarle ese cuadro pintado con crayones para que su departamento no esté tan simple.

Caray, -pensó- ¿porqué tenía que meterme entre sus sábanas esa mañana?, ¿cómo enfrentar la mentira hacia Lucía?, ¿es que Samuel me lleva a la verdad de mí?, ¿por qué tendré que ser tan feliz en ese departamento en días como estos?