domingo, 3 de febrero de 2008

La maldición que ni Diosito puede romper



El resplandor
Mauricio Magdalena
Lectorum, 2001

Juan Rulfo es el gran referente sobre la visión del campo mexicano, del mundo indigenista, de ese México que tanto les duele a los políticos mexicanos cada seis años, esos que han sido remitidos a la vulgaridad del folklorismos al estilo “México magia y encuentro”.

En esta ocasión me encontré con una novela que habla del campo mexicano, y resulta agradable leer algo de este tema más allá del referente Juan Rulfo. Maurico Magdaleno es un escritor que desarrolló la novela, la dramaturgia, la biografía, así como estudios críticos de historia y literatura, ¿por qué no es más conocido?, quizá porque la revolución aún no le ha hecho justicia.

Revisando sui biografía (1906-1986), se descubre que su novela El resplandor es una de sus obras más emblemáticas. La historia se significa como un mosaico muy completo, si se me permite la apreciación, tridimensional, pues no se conforma con poner al indígena como víctima, tampoco al político como el verdugo perverso, la sociedad burguesa de la época también aparece, y sin embargo y ni así queda como la indiferente ante el dolor, es decir, con todo lo que se pudiera pensar El resplandor es la exposición del universo mexicano.

San Andrés de la Cal es un pueblo como puede ser cualquiera, ni más pobre ni más miserable que el resto de las comunidades indígenas de este país (o del continente), que trabaja en condiciones desesperantes, en un universo particular donde el progreso, el desarrollo o la suerte, son sólo palabras que se escuchan en cada una de las campañas de los políticos que sólo obtienen ventaja de su número.

El resplandor, paradójicamente inicia con el panorama más negro: la huida, del párroco de la comunidad, la única esperanza de la “indiada” da la mejor explicación que va a englobar a todo el relato: abandono, cerrazón, falta de voluntad, el avanzar sin llegar a ningún lugar. San Andrés de la Cal lo tiene muy claro, hasta Diosito los ha abandonado, lo cuál es algo peor que el final, significa que alguien puede ocupar su lugar.

Magdaleno no resiste la idea de explicar y unificar su relato con algo que remite al pasado "glorioso" de este país, el símbolo de la prosperidad: la hacienda Las brisas, y esta hacienda es importante pues es algo así como ese pasado porfirista que los gobiernos revolucionarios se empeñan (más bien se empeñaban, pues ahora la revolución quedó como un mito del México viejo) en criticar como si se tratara del oscurantismo, pero que no es más que ese pasado que lo tienen marcado en sus hábitos como si fuera una cicatrizen la frente.

¿Pero que es lo verdaderamente trágico en El resplandor?, que se presenta el último engaño, o tal vez el engaño en su nueva dimensión. Saturnino Herrera es lo que viene. Saturnino es un niño huérfano que fue adoptado por el gobernador del estado (Hidalgo) y que a la vuelta de los años regresa como candidato a gobernador. Saturnino encarnará a ese político revolucionario que es el que defiende a los pobres, el que surge de la misma gente, el que tiene la idea de la lucha social, que busca la mejora de los desposeídos, que enfrenta la eterna amenaza de la revolución: los ricos, los burgueses, los reaccionarios. Saturnino herrera es un cachorro de la revolución, es el nuevo hijo bastardo del ogro filantrópico, pero surgido del pueblo mismo.

Mauricio Magdaleno, por medio de su prosa expone pasajes, creencias, costumbres, visiones del que tiene el poder y que ve en Las brisas a su primer y gran negocio, al tiempo que evidencia al indio que desea “una presita para tener agua para sus tierritas”, y que ve en Saturnino la gran oportunidad, pues uno de ello, de los rotos, es el que va a ser el gobernador del estado.

Pero la maldición está latente, Saturnino no dejará de ser nunca “El Coyotito” (su apodo de infancia), y de benefactor pasará a tirano, a ser lo mismo que todo, un animal dañino, no será salvador ni será la promesa del futuro, Saturnino no verá en la gleba sino a peones, indios que ni por ellos mismos se ayudan, que sólo beben pulque y no ven más allá del progreso que él desea, claro, donde Las brisas es el origen de toda ganancia.

Magdaleno expone en su obra todos los enfoques, no hay buenos, no hay malos, sólo se trata de la idea en que se basa este país, y parece que prevalecerá: servirse de México. No hay ideal, no hay plan, no hay mejora, se trata de servirse sin ningún tipo de escrúpulo, sin freno, sin limitante.

Sin embargo, no todo es el fin, Magdaleno expone con claridad que la maldición permanecerá, sí, donde Diosito los ha abandonado el diablo es el que llenará ese espacio, y donde la maldición que empezó con “El Coyotito” se actualizará, como si fuera un mito litúrgico, donde no importa el sueño, la desesperanza o la rebelión, simplemente, seguirán abusando los ricos y los jodidos, jodidos estarán hasta su liberación mortal. El resplandor, por medio de San Andrés de la Cal, de Saturnino Herrera, es tan sólo una estampa que a poco más de 80 años es imagen latente y ladina en nuestra existencia.

2 comentarios:

Salvatore dijo...

Mauricio Magdaleno es sin duda uno de los escritores más emblemáticos del periodo conocido como la novela de la revolución mexicana, quizá opacado por esos dos monstruos llamados Martin Luis Guzmán y Agustín Yáñez. Un autor que es más célebre por sus cinematográficos. Miembro de ese trío Indio Fernández, Gabriel Figueroa y Mauricio Magdaleno.

Esta novela que recomiendas me parece de las más buenas del autor. Yo la leí cuando iba en la preparatoria, me parece que es un buen momento para echarle una relectura.

Por cierto, yo no sé a qué tipo de milagro apelen esos 20 millones de personas, que alejados de la magia y el asombro, despiertan día con día. Y siguen sus vidas como si nada importara de veras.

Carlos López Praget dijo...

Gracias por tu comentario. igual el milagro es no esperar nada. Vamos, creo que sería divertido reflexionar si lo que pasa es indiferencia o ingenuidad, quizás como diría Galileo: y sin embargo se mueve. Saludos y suerte.