miércoles, 1 de agosto de 2007

La mala experiencia con Tarzán


Cuando uno revisa brevemente la bibliografía de Alfredo Bryce Echenique se puede tener la esperanza de que tienes ante ti un buen libro, vamos, con la lógica simplista de la experiencia, más si Alfaguara edita. Cuando uno se topa con un título tan sugestivo: Las amígdalas de Tarzán, caray, las esperanzas son aún más altas. Lástima que todo se haya quedado en eso, al menos para un servidor.

Bryce Echenique publicó en 1970 Un mundo para Julios, y luego siguieron otras como Tantas veces Pedro, La vida exagerada de Mantín Romaña, El hombre que hablaba de Octavio Cádiz, entre otras, que igual son buenas historias, pero en el caso de Las amígdalas de Tarzán la verdad me quedo insatisfecho.

Como mérito literario se pretende revalorar o dimensionar lo que es el género epistolar. Ya hace unos años, en la efervescencia del 2000 Carlos Fuentes juega con este recurso en La silla del águila. Las cartas se emplean por una crisis energética en un futuro muy cercano, y gracias a ello se develan secretos, prácticas, misterios, usos y costumbres del poder público y de la vanidad humana.

En el caso de Las amígdalas de Tarzán, la historia se centra en la pasión de dos amantes que por medio de un intercambio de cartas mantienen el contacto pese a la distancia, ante los rumbos que toman sus vidas, y también para recordar lo que fue la convulsión de América Latina durante los finales de la década de los 70 y principios de los 80, es decir, se trabaja en la génesis de la Década Perdida, los elemento son buenos y ahí están.

¿Qué es lo que ocurre?, ¿en qué momento se pierde la historia?, me parece que por lo extenso de la prosa constantemente se pierde por pretenciosa, es decir, a veces parece que la historia es describir los horrores de la guerra civil en El Salvador, a veces parece que la historia es la amistad-pasión de Fernanda y Juan Manuel, los protagonistas, a veces parece que el relato termina en una terapia en donde la mujer suelta sus netas en cartas, y entre tantos a veces no se llega a detonar un dilema en verdad fuerte, vamos, interesante.

Ahora bien, esta idea de Tarzán, si se espera que recaiga en el amante intenso, en el amante que rompe barreras, que raya en lo animal, en lo salvaje, pues no; resulta que la referencia se maneja sobre la mujer. No sé si lo que se pretende es un sarcasmo, un juego de contrastes, crear un estilo, pero la verdad, me pareció poco claro, por no decir tonto.

La novela perfila, en sus inicios, un grupo de amigos que son algo así como los hijos latinoamericanos que se reúnen para mantener su identidad, casi como hijos del exilio que tienen a París como su gran referente; la prosa se torna en un estilo similar a Cortazar en Rayuela, sin embargo, jamás se llega a la excelsitud de sus descripciones pasionales por la Maga, en fin, el esfuerzo se agradece, pero la comparación parece inevitable.

Curiosamente, cuando vienen las cartas de Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes (que forma tan terriblemente fría de llamar a tu heroína) es cuando la historia avanza, cuando vienen las reflexiones de Juan Manuel Carpio (el amante) la historia, me parece, se torna aburrida, enredada, quizás con tanta búsqueda que no termina por aterrizar.

Y es en este escenario en que se describe un bonito "menash trua" (un sencillo tributo al criollismo), se aborda la violencia intrafamilar, y una familia que lucha por mantenerse unida, pero que nunca tiene un real y absoluto peso en la historia (sería mejor no tenerla), un proyecto artístico entre Juan Manuel y Fernanda, y varios temas más, pero no hay un elemento que resulte memorable, es un avance del tiempo en que uno no atina a encontrar el momento en que estalle algo interesante. La historia no tiene grandes sorpresas

Por si fuera poco, el lenguaje diseñado entre los amantes a ratos es cálido, erótico, pero a ratos es grotesco, ofensivo, vamos, es muy interesante que Fernanda se refiera a Juan Manuel como hijo de puta, siempre y cuando resulte de un transe de la pareja que estalla en catarsis, pero no en una charla casual, pues no hay elemento que lo justifique. Ni siquiera lo salva el contraste de que Fernanda firme sus cartas como Fernanda Tuya, algo que en el texto se explica.

En fin, toda la historia se obstina en confirmar que nunca han estado en el momento justo, en el lugar adecuado, cada uno de ellos sigue su vida, quizás sea el dilema de la historia, que se gastan 30 años de vida añorando su cercanía, pero nunca estando en el momento justo, puede ser, es más, suena emocionante, pero para ello se necesita de una prosa vigorosa, que involucre al lector, no que lo mantenga dando vueltas y no se llegue a algo sustancioso.

Cuando uno toma el inicio de El color del verano, Nuevo “jardín de las delicias”, de Reinaldo Arenas, uno tarda en atrapar el momento y valor de su narrativa, sin embargo, al concluir la novela lo menos que uno desea es saber más sobre La Mofeta, en el caso de Alfredo Bryce Echenique es muy posible que tenga otros muy buenos relatos, pero de momento no siento ánimos de investigar.

5 comentarios:

Salvatore dijo...

A mí me pasó algo muy parecido con esta novela. Yo jamás había tenido la oportunidad de leer nada de este autor peruano, tan importante dentro del panorama latinoamericano. Y desafortundamente me tocó leer esta novela. El resultado -el mismo que el tuyo- por muy bueno que me han dicho que tiene otros libros, a mí no me quedaron ganas de averiguarlo. Sé que eso está mal, pero qué le va a hacer uno.
Lo mismo me sucedió con el otro escritor peruano-español, Vargas Llosa con su más reciente entrega a Alfaguara -ese enorme elefante blanco de la literatura hecha en nuestro idioma- Travesuras de la niña mala. (Checa la entrada correspondiente en mi blog en septiembre de 2006)
Aquí la decepción fue mayor, porque considero a Mario Vargas Llosa, junto con el chileno José Donoso y Carlos Fuentes Vargas los verdaderos fenómenos de aquello que se llamó por cuestiones comerciales "el boom latinoamericano".
De Vargas Llosa yo venía de leer anteriormente "La tía Julia y el escribidor" suerte de autobiografía novelada. Y fue una enorme decepción para mí ver lo que Alfaguara está haciendo de estos autores: "la lectura típica de las viejitas del Sanborn's".
En Travesuras de la niña mala, se repíte lo mismo que con La amigdalitis de Tarzán se trata de un amor a distancia, que se prolonga en el tiempo a través de cartas, muchas de las cuales llegan a ser incluso indignas del depurado estilo del escritor de la fiesta del Chivo.
En resumen, parece ser que todo lo que toca Alfaguara -en especial tratándose de un buen escritor- se convierte en basura, y sino basta ver las últimas novelas que ha publicado Fuentes en ese sello. Los años con Laura Díaz, Instinto de Inés y la Silla del Águila, las tres peores novelas de un autor que otrora era prácticamente un monstruo literario. Así que ya sabes, si quieres leer algo bueno, procura evitar las novedades de esta nefasta casa editorial.

Carlos López Praget dijo...

Muy interesante lo que comentas. Ahora bien, fíjate que en el caso de La niña mala, en cierta manera hizo "química" conmigo por ver ciertos patrones que como que he vivido en lo personal, aunque claro, reconozco que no se trata de una novela profunda, ni de propuesta, vamos, no hay nada original. Con todo y todo, me parece simpático el juego del engaño en que tanto la niña como el tonto que se enamora de ella al jugar en el engaño, ella teniendo aventuras tipo James Bond y él buscando ser siempre el intérprete de la novela rusa (nada ligero el asunto).
La silla del águila me gusta el inicio, al final claro, naufraga con la mala imitación de el hombre de la máscara de hierro. Digamos que le encontré gracias por el momento que vivía México gracias a foxilandia.
De nuevo, muchas gracias por tu comentario y estamos a la caza de buenas historias.

Salvatore dijo...

Hola mi estimado. Me alegra intercambiar recomendaciones e historias contigo. Y bueno para recomendarte historias góticas recurrí a mi bella esposa, que es una fan del género (www.lalectoradenovelasdeamor.blogspot.com).
Aquí te van algunos títulos que te pueden resultar interesantes, además de La Ciudad Vampiro de Paul Féval, está La abadía de Northanger de miss-anti novela gótica Jane Austen.

Ahora que si lo que quieres tú es más bien leer algunos de los clásicos del género, te recomiendo El castillo de Otranto de Ann Radcliffe, quien funge como personaje central de La Ciudad Vampiro, El monje de Mathew Gregory Lewis, y Los elíxires del Daiblo de E.T.A. Hoffman.

Salvatore dijo...

Por cierto, en La Litera, viene un artículo sobre la literatura gótica, chécala.

Carlos López Praget dijo...

Muchas gracias´por tan oportunas y variadas sugerencias. Las tomo y considero. Saludos