jueves, 5 de julio de 2007

La profundidad de la desgracia


Desgracia

J.M. Coetzee

Mondadori, 2000


John Maxwell Coetzee, en 2003 es reconocido con el premio Nóbel, no es poca cosa, desde luego, sin que eso quiera decir que de automático que es un escritor maravilloso. Poniendo en perspectiva, el Nóbel es el premio a una trayectoria, no por fuerza al mejor libro del homenajeado.

En esta ocasión voy a comentar lo que es su novela Desgracia, de 1999, y que en 2000 fue publicada en México por la editorial Mondadori.

La historia se puede partir en dos fases, al inicio vemos que un maestro universitario cumple con cierto hastío su compromiso con la literatura. En el universo de Coetzee no es para nada grato ni generoso, más bien profundiza en seres fríos, hartos de la vida, de la vulgaridad, sin conciencia optimista, ni de esperanza. Incluso, en cierto grado con un deseo sádico de salir huyendo con la mayor cantidad de daño posible de las circunstancias de la vida.

Es en este entorno universitario que se plantea una relación en donde el maestro universitario se interesa, no, se relaciona con una inestable estudiante que tiene problemas emocionales, de tipo familiar y de noviazgo. Pero Coetzee se resiste a poner un escenario en donde el viejo ve iluminada su vida por la joven, más bien pone un escenario de hacerlo porque no hay nada mejor que hacer, porque parecería que es parte del papel obligatorio que tendría que hacer.

Esto deriva en un escándalo, y es ahí en donde el sentido sádico del autor emerge, pues lejos de defenderse este oscuro sujeto, acepta todo, no opone resistencia, en el fondo no quiere ser despedido, pero tampoco quiere seguir siendo maestro universitario, ¿la vida es un dilema?, ¿el ser humano entregado al cumplimiento de un destino que le da lo mismo?, desde una visión simplista siento la influencia de Camus, de un existencialismo desencantado, sin aspiraciones, sin ánimos de ser cambiado.

La conclusión de esta parte de la historia es parte del pretexto que necesita el escritor sudafricano para entrar a los sentimientos más internos, de él y de sus vínculos familiares. Ya está desempleado, no tiene nada que hacer, y todo le da lo mismo, parecería que su iniciativa de ir a la casa de su hija es propia, sin embargo, más parece como la lógica de que al domingo sigue el lunes.

Es así como se da paso a la segunda fase del relato: mudarse con su hija, lo que significa salir de la ciudad (Johannesburgo), para ir a la provincia sudafricana. Una hija que vive sola, atendiendo un hospital para perros huérfanos (¿metáfora de la sociedad y sus desencatados seres?), por cierto, con quien no tiene una buena relación.


Es así como se entra en un nuevo plan de posibilidades, pero con el mismo desencanto y aburrimiento del inicio. Sí, existe el pretexto de completar por fin un proyecto de análisis de Byron, ¿pero en el fondo cuál es el motivo?, me parece que ni el personaje mismo lo sabe, todo remite, refuerza a lo automático.

¿Qué va a encontrar el lector en esta fase del relato?, en apariencia las mismas soledades, el mismo hastío, idénticas circunstancias, sólo que ahora vemos a este profesor universitario tratando de mostrar interés en la soledad de su hija, pero sin saber cómo manejar los sentimientos paternos.

Las diferentes circunstancias que vive en el campo hacen que este protagonista observe la enorme vaciedad de su vida, el sin sentido de las acciones aisladas. El estar en una fiesta y estar solo, el ser víctimas de la delincuencia sin que se de una acción, aceptando mansamente ese mal momento de la vida.

Parece que no pasa nada, pero este es terreno fértil para que el lector reflexione sobre la importancia del acto humano, en la búsqueda de una identidad cuando uno mismo no sabe su lugar en el universo. Coetzee, me parece, se ubica en la sintonía de José Saramago, quien afirma que el ser humano está condenado al olvido, a ser ignorado. Es en este entorno de angustia, de banalidad, que toca por antítesis al hecho glorioso al que la novela nos puede acostumbrar.

Quizás Coetzee no sea el escritor más popular, donde sus descripciones sean un tanto áridas, pero no por ello menores, siempre y cuando uno se quiera integrar a un mundo connotativo superior. Centrarse en la vida de un sujeto novelado por Coetzee es limitar a la idea que este autor nos quiere trasmitir, y que puede ser entendido por cada persona como mejor luzca, más allá del momento de a vida en que se encuentre.

En la novela de Coetzee no hay reclamos abiertos, hay que intuirlos, hay que completar el sentimiento del personaje, es por eso que me gusta la obra, pues involucra al lector. Ojalá y encuentren alguna respuesta velada en este relato.

2 comentarios:

Salvatore dijo...

Es muy interesante tu comentario sobre uno de mis escritores contemporáneos favoritos.

Curiosamente yo publique hace poco una entrada en torno a su novela El miedo a los animales. Puedes checarlas en www.lalitera.blogspot.com o en mi blog de siempre: www.murmurante.blogspot.com

Pues ahora me tendré que pulir más en mis reseñas y críticas, pues veo que ya tengo muy buena competencia, ¡enhorabuena!

Carlos López Praget dijo...

Gracias, pero es bien cierto que hay categorías y quien es primero, primero se mantiene. Se respeta la jerarquía, es tan sólo un esfuerzo porque alguien más por fin se atreva a romper esa barrera de miedo y respeto al libro como área sagrada, y no como zona de reflexión. Saludos