sábado, 26 de enero de 2008

Jodorowsky, un narrador onírico


El paso del ganso
Alejandro Jodorowsky
Mondadori, 2001

Alejandro Jodorowsky es un sujeto que, en lo personal, me parece de lo más enigmático. He tenido la oportunidad de disfrutar algunas cosas de él, por ejemplo, La danza de la realidad, una de las pocas biografías que he leído y que es todo un reto para la mente racional del occidental (viajes al centro del universo, diálogos con ancestros, u operaciones con psicomagia).
También tuve la oportunidad de leer La sabiduría de los chistes, que por simple que parezca es de lo más denso. Por medio de chiste se identifican tabús, miedos y confusiones con que vivimos los seres humanos. El título es parte de un gancho para comunicar varios Haikús que desde luego son un reto para la racionaliad.
En esta ocasión me tomo la libertad para recomendar a mis cuatro letores El paso del ganso, una serie de cuentos breves que no por ello dejan de estar cargados de simbolismos.
¿Qué nos podemos encontrar en El paso del ganso?, de todo y nada a la vez. Los cuentos por ser tan breves se significan como retos a la intelectualidad. Podemos saber de un niño que roba voces para ver más alegre a su madre, de niñas que maquillan a muertos, monjas que se incendian por días enteros, ogros que se comen a todos los malos dirigentes de una nación, militares que caminan a paso de ganso para matar a la hormigas, entre otras cosas.
¿Que es lo que se debe tener para leer a Alejandro Jodorowsky?, mente abierta, dejar de intlectualizar, dejar que las imágenes juegen: El último ser humano vivo lanzó la última paletada de tierra sobre el último muerto. En ese instante mismo supo que era inmortal, porque la muerte sólo existe en la mirada del otro.
Esto que puede ser de aparenciencia simple hay que plasmarlo, hay que tener un sentido de balance y de integración del sistema llamado vida, un sistema que es simple y complejo a la vez, pues la vida es una paradoja donde cada elemento se conjuga en un sin fin de momentos que no tiene principio ni fin, que es continuo, y donde el caos es lo que nos permite reconocer a la vida misma.
La lectura de Jodorowsky es simple, pero es compleja porque se ajusta a la realidad de la persona, de su entorno, al de la política nacional o hemisférica, es una lectura global, pero más allá, es una lectura holista. ¿Por qué logra el autor esta profundidad sobre las cuestiones humanas?, porque es posible que sea un predestinado, tan solo hay que ver con ciudado su nombre: Alejandro Jodorowsky, si efectivamente, ojo de oro.
Los escritos de este autor chileno nacido en 1929 no son tristes, son melancólicos, y a la vez hay que darle las gracias por hacer relatos morales que no son cursis ni buscan que cambiemos nuestra vida con amenazas o promesas de vida mejor, sólo se encarga de plantear el escenario y el relato mismo se vuelve un caleidoscopio que se mueve en el sentido que mejor consideremos como el real.
El paso del ganso es una oportunidad de acercarnos al mundo holista, a la interpretación cupantica del la vida, al desorden que nos salva de lo común y ordinario, se trata de un texto negentrópico, lo cual es grato, más cuando vemos en las librerías tanto "texto" de payasos consumados que cuentan sus verdades "duras y descarnadamente", o en darnos la solución a nuestro problema con métodos infalibles.

lunes, 21 de enero de 2008

Un agradable reencuentro 15 años después


Retrato de un artista adolescente
James Joyce


De 1992 recuerdo varias cosas. Éramos testigos de la desintegración de lo que conocimos como la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (eso sí que era nombre), Yugoslavia se enfilaba a una guerra civil (vamos, ya tampoco hay Yugoslavia), en mi casa pensar en una computadora aún sonaba como a ciencia ficción el tener una computadora, México se enfilaba al delirio de pensar que en 1994 sí ganaría el mundial de fútbol (era más sencillo pensar en reunificar a la URSS), entre tantas otras cosas, y por si fuera poco, estaba a la mitad de la carrera de periodismo en la Carlos Septién.

Bueno, en este carrusel de recuerdos también viene a mi mente el que mi maestra de Literatura, Dolores Castro, nos dejó leer un libro llamado Retrato de un artista adolescente, de James Joyce. La mecánica era sencilla: leíamos el libro y hacíamos un reporte de la lectura. Voy a confesar lo que seguramente la maestra supo en su momento: no entendí un carajo del libro.

Me da gusto, y lo comparto con mis cuatro lectores, que me volví a encontrar con el maestro Joyce en este inicio de 2008, y me da gusto porque pude disfrutar un libro muy interesante, que no deja de ser complejo, pero que definitivamente es muy disfrutable en muchos momentos.

James Joyce, más famoso por escribir Ulises, es una autor que bien vala la pena examinar, quizás no sea tan nítido como Dostoyevsky, quizás no es tan sencillo en exponer dilemas estoicos como Chéjov, sin duda no tiene que ver con el estilo cosmopolita de Borges, ya no digamos que caiga en el relato cotidiano como por ejemplo Ibargüengoitia, simplemente Joyce hace un recorrido por la vida y definición de la persona.

Stephen Dedalus es el sujeto que recrea Joyce para exponer los grandes dilemas de un ciudadano que está iniciando el siglo XX lleno de dudas, de incertidumbres que se debate entre el libre pensamiento y el dogma de la religión, así como del papel del arte en el ser humano.

A lo largo de reflexiones y descripciones muy detalladas, que sin duda hacen sentir que se está leyendo a Proust, Stephen se ve envuelto en una serie de polémicas familiares y sociales que debaten la conveniencia del apego al credo católico o al protestante. Este entorno, y que ha hecho tan célebres las pugnas en Irlanda, es que Stephen va moldeando su estilo y preferencia de vida.

¿Dónde está el gran valor de Retrato de un artista adolescente?, en los sentimientos que logra trasmitir. Descripciones sobre el infierno, la injusticia, el motivo del arte, el pecado, y la libertad de pensar se hacen muy cercanas.

Es en charlas o en diálogos internos que empezamos a acercarnos a descripciones tan precisas del infierno que se siente auténtica angustia sobre este lugar. La culpa y el castigo se evidencian en auténticos tormentos de un niño que se va formando en joven, que va definiendo su forma de pensar, sus convicciones, de pláticas con religiosos que no buscan convencerlo de ser católico, sino de no convertirse en protestante.

Stephen lo afirma, es un alma que busca la realidad para poder comprender lo irreal de su alma; que no se atreve a cumplir la eucaristía porque siente angustia que de verdad sea el cuerpo de Cristo y no sea sensible a ello. Stephen es el personaje ideal para exponer que el arte es éxtasis, que lleva a la inacción, a la contemplación absoluta, a exponer lo más bello de la vida, y aún así, sentir que algo sigue faltando.

Leer a James Joyce es uno de los muchos orgullos vanidosos que me ha dado la literatura, digamos que fue como esas citas en donde nos dan alguna máxima y años después comprendemos lo que nos dijeron, pero sin remordimiento; sí, tuvieron que pasar más de 15 años, pero la cita y el placer de encontrar algo bueno me deja más que satisfecho, incluso superando una espantosa traducción española del texto original. Gracias por la semilla que dejó latente mi maestra Dolores Castro

lunes, 14 de enero de 2008

¿Recreativo, informativo o importante?


El jugador
Fedor Dostoyevski
Lectorum 2005
Hace poco me topé con un ensayo que explica la forma de leer un libro, está un poco extenso, como que abudan en muchos ejemplos de contexto y se hace pesado avanzar, y dentro de lo que se explica con generosidad machaca la idea de que hay libros recreativos, otros para obtener información y unos más para modificar nuestro conocimiento del mundo.

Dada esta categoría, me parece un tanto riesgoso el empezar a determinar a los libros por la información que contienen. Por ejemplo, ¿la poesía entraría en la mera recreación? No creo que García Lorca o Baudelaire quedarían en el nivel de simpáticas anécdotas de la pluma.

Ahora bien, no sé si en un sentido estricto o relajado, ¿no al recibir información es latente que podamos modificar nuestra forma de pensar?

Esto viene en relación a que hace unos días me encontré con un texto de Fedor Dostoyevski, El jugador, y me pregunto, ¿será recreativo, de información o cambiara en algo mi forma de ver el mundo?

Esta novela breve de Dostoyevski, contada por el personaje central Alexei Ivanovich, narra una serie de eventos donde el motor es la ambición y las pasiones humanas llevadas a lo más absurdo del azar, donde la dependencia de una muerte, la discreción de los sentimientos y el juego de las apariencias le dan actualidad a lo que se lee en cada frase del autor ruso.

El jugador es un relato que se encarga de exponer lo vago y disperso que es el destino; podemos ver a un sujeto sin mucha suerte en lo sentimental (Alexei Ivanovich está enamorado de una fría e inconmovible Polina) y que tiene, de alguna manera, las piezas que necesita siempre un segundo después; vemos la desesperación de un militar en apuros económicos (la burguesía rusa) que se desespera por no cobrar una herencia (la esperada muerte de una anciana) y su frenético amor (¿o deseo?) por la señorita Blanche (una mezcla de Paulina Rubio y Salma Hayek del siglo XVII).

Este ir y venir, como el de la ruleta de un casino, con sus bandazos en rojo o en negro, se va tejiendo a lo largo del relato. Por momentos la suerte toca a Alexei, en ocasiones es movido al ridículo por Polina, en otras es el guía en el casino donde la ruleta es la tirana, y en otros momentos es esclavo de su eterno giro.

Dostoyevski aprovecha este entorno movedizo para exponer pasiones humanas, se van tejiendo retratos de cada personaje que es un metáfora del su tiempo (y del nuestro, desde luego). No existe miedo alguno en desarrollar a una anciana burguesa que juega su fortuna y así identificar a esa nobleza rusa que dilapidó, como toda nobleza, dinero que no es suyo, del flemático inglés que siempre se comporta como caballero, sobre todo para salirse con la suya en sus negocios, de una francesa ligera, muy ligera, que ve la vida como un consumo de francos para mantener un estilo de vida (la Francia que pierde la guerra de 1870), y así podemos seguir con cada una de las metáforas.

No todo queda ahí, Dostoyevski se da vuelo mostrando los clichés culturales de la época y de la condición humana, basta hacer ganar a Alexei 100 mil francos en la ruleta para que Astley, su británico camarada, le diga “vete a París”, Alexei le pregunta: "¿por qué debo ir a París?" No sé, pero siempre que un ruso tiene dinero es lo que hace, responde Astley. Es natural intuir que Alexei termina en París con la más banal y alegre gastadora de francos (Blanche).

A lo largo de cada hoja las piezas cambian de forma, de orden, como si apostáramos al rojo y saliera el negro, y al cambiar también cambiara la suerte. Dostoyevski no tiene limitación para llevar a la degradación absoluta a sus personajes, pero en ningún momento hay dramatismo esxtra, sus personajes pagan el precio de sus pasiones, de haber tirado la fortuna de tida una vida por la esperanza de que llegue un doble cero, pero no por salir al paso, sólo por haber retado al destino, a las posibilidades. Dostoyevski, me parece, exalta el ridículo de la vida social, de lo paradójico de tener la mesa puesta y no tener apetito, de tener agua y ansiar champaña, sólo para descubrir que la champaña ni te hace mejor ni te hace sentir mejor.

El jugador, quizás, es un relato sencillo en cuanto al diseño narrativo, probablemente pueda ser catalogada como recreativa, pero me parece que es algo sumamente injusto, cuando la actualidad de las pasiones humanas expuestas mantienen vigencia. Por favor, hay que leer a Dostoyevski, si es que deseamos saber algo del ser humano que podemos ser en cualquier momento.

viernes, 11 de enero de 2008

Por la exhaltación de la cultura

Dietrich Schwanitz
La cultura, todo o que hay que saber
Punto de lectura, 2006

Hablar de cultura, al menos de unos años para acá es un tema espinoso, no por evitarlo, sino por no saber con certeza qué puede ser lo relevante, lo que hay que destacar, lo que incluso pueda interesar a públicos cada vez menos interesados en lo que tenga cinco años de pasado.

Una opción que puede ser de utilidad para muchos de los que andamos interesados en trasmitir ideas es La cultura, todo lo que hay que saber, del ensayista Dietrich Schwanitz, autor que de manera sencilla, desinhibida y amena narra lo que hay que saber de la cultura… en Occidente.

Schwanitz (Werne 1940-Hartheim 2004) divide su texto en dos secciones, la histórica-cultural y la que dota al lector de los códigos culturales que hay que aplicar si queremos pasar por cuidadanos del mundo.
El ensayo inicia con una descripción muy entretenida de la mitología griega y llega hasta los principales hechos del año 2000 (salta a la vista que su obra original no alcanzó a contemplar los ataques del 11 de septiembre en Nueva York).

¿Cuál es el valor de este relato histórico?, el establecer una relación de inicio y fin en los Balcanes, región donde las bases del pensamiento y de las conquistas militares han tenido su inicio y fin para Occidente. Donde se va tejiendo la forma en que el feudalismo se afianzó, el que surgieran imperios, invasiones que a la fecha siguen siendo temas abiertos, modos y comportamientos sociales que encientran explicación.

La primera parte de este libro también contempla una descripción quizá breve, pero muy oportuna para cualquier persona que necesita un ABC de la cultura, un ¿por dónde empiezo?, ¿qué es lo que debo considerar?, ¿qué es lo que no debo pasar por alto?, como dice su obra todo lo que hay que saber: Literatura, arte, música, filosofía, ideología dominantes, incluso visiones sobre la historia y debate del sexo.

Schwanitz quiere exponer los atributos de la aventura europea, y sin ánimos de demeritar su obra-testamento, no dejo de desatacar que hubiera sido muy oportuno el que también se considerara el aporte de Oriente. Desde luego no se pretende decir que no sabía nada de ello, sólo que sí destaca el hecho de que pareciera que Europa ha sido el gran motor de la humanidad, ¿será esto cierto?, ¿o es que Europa ha sabido aprovechar y arrebatar protagonismo a Asia y a la siempre sufrida y arrasada África?, eso sin contar el gran caos que cultivó en América.

La segunda sección del ensayo destaca temas como la comprensión del lenguaje, los libros y la escritura, la geopolítica del hombre y de la mujer, algunas ideas sobre la inteligencia, el talento y la creatividad, así como dos apartados que pueden parecer muy obvios, pero que para un joven lector pueden orientarlo fácilmente: lo que hay que saber y lo que no conviene saber de la lectura.

Quizá esta parte sea, para una persona ya adentrada en los códigos culturales, un tanto pesada, digamos que es como un área común donde muchas cosas se infieren, donde mucho de lo descrito ya se aplica, pero un lector joven puede encontrar muchas ideas que puede encontrar atractivas: pueden motivarlo a buscar las fuentes directas, a sentir deseos de leer un clásico que ha sido descrito, de echarse un clavado en la mitología griega y ver la cantidad de erotismo, perversión y lujuria en que se funda nuestra cultura, no olvidar, occidental.
La obra de Schwanitz incluye cronologías, un listado de libros clásicos que no hay que dejar de leer, fragmentos de obras de teatro, un sumario de los temas, en fin, bastante información para actualizarse, para descubrir que practicamente todo lo que tenemos en la actualidad no es más que una copia (y en ocasiones bastante grosera).

Schwanitz, maestro de literatura en la Universidad de Hamburgo y autor de títulos como 'Der Zirkel' (1999), una novela negra en clave de humor crítica del sistema educativo y 'Der Campus', una novela con la universidad como telón de fondo, hace un recorrido ameno por el espectro cultural de Occidente, da pistas al lector de qué es lo que vale la pena, indica algunos tips si queremos pasar por enterados en alguna cena familiar (esos datos que pueden exhibir a cualquier cuñado fantoche), o simplemente confirmar que no andamos por un rumbo tan equivocado en cuanto a criterios estéticos.
No deja de ser paradójico el que una persona que tanto se interesó en la cultura y en el fenómeno social fuera encontrado muerto en su domicilio después de varios días, pero qué se le va hacer, ya lo dijo Chaplin: El tiempo es el mejor autor, pues siempre elige el fin adecuado. Espero que leer las obras de Schwanitz sea una grato reencuentro con las cosas nobles que también puede hacer el ser humano.

lunes, 31 de diciembre de 2007

La moderna cruzada en el Brasil


Por el año de 1972 es que Mario Vargas Llosa se involucra en una investigación de una de las páginas negras de Latinoamérica (como si fueran escasas), y tanto encuentra en esta búsqueda que fue hasta 1980 que se tuvo la versión definitiva de La guerra del fin del mundo, en donde novela lo ocurrido en lo que fue Canudos y una guerra ahí librada.

Canudos se encuentra en la provincia de Bahía, una de tantas regiones que contienen los 8 millones de kilómetros cuadrados del Brasil, y es a finales del siglo XIX que se empiezan a reunir varios factores que desencadenaría un pasaje que se mueve entre los intereses políticos, el fanatismo religioso, el absurdo y uno de tantos intentos por hacer un pretendida sociedad más justa.

Canudos es un lugar miserable, como tantos que sobran en muchos lugares del planeta, donde la llamada expectativa de vida es mero sueño reducido a esperar el momento de morir para por fin descansar, un entorno de abandono, olvidado del mundo, donde la ley de la metrópoli nada tiene que ver con la de salteadores de caminos, hombres de campo, y pillos que son rechazados por las clases acomodadas que tanto “piensan” en darles un mejor futuro.

Es en este entorno, en 1893, que el beato Antonio Vicente Mendes Maciel, mejor conocido como Antonio Conselheiro, recorrió como moderno Mesías estas agrestes tierras para anunciar un nuevo destino para sus míseras vidas, alejados de los vicios del diablo (el can), aceptando para ello a todos los desposeídos, marginados y delincuentes de la zona, vamos el mismo modelo original: un redentor que se allega no a los poderosos, sino a los pobres, a los pecadores, a los que nadie acepta

La novela de Vargas Llosa paulatinamente va tejiendo una serie de historias que resultan conmovedoras a la par de los hechos históricos. Va creando un mosaico de relatos personales que delatan la violencia, la lucha por la sobrevivencia, la exaltación del dolor como mejor justificación de la existencia en pos de algo mejor, después de todo, iban a seguir viviendo en la miseria, al menos ahora el beato les ha dado un motivo, una causa que es noble y pura a sus ojos.

Desde luego, en la urbe, en la capital se toma a este movimiento como agitadores, como trasgresores de la ley, como una amenaza al orden que pretende instaurar la nueva República. Los menesterosos de Canudos son, desde luego, tachados como manipulados por ingleses que quieren desestabilizar a las siempre prudentes y sabias autoridades brasileñas. Ahora, esto no quiere decir que sea ideas de unidad, al más puro estilo de liberales y conservadores se trata de explicar el movimiento, unos tratan de encontrar una oportunidad de escalar, en tanto que los otros ven una amenaza a las buenas costumbres, lo cual no se debe permitir

A lo largo del relato vemos como el dolor y el sufrimiento va tomando un perfil de martirio, pero noble, digno, en que la sociedad de Canudos ha entrado en una fase de comunismo utópico, donde la causa común es enfrentar al enemigo, defender el estilo de vida cristiano, alejados de las leyes de la República, buscando librarse de las obligaciones con los terratenientes locales, y lo peor, dejando de pagar impuestos, ¡es posible solapar mayor ofensa!

La novela va creando espacios donde entran visiones del mundo, el de un terrateniente que ve en la locura de su esposa el mayor precio de la guerra (la mujer enloquece por las pérdidas económicas); el de un periodista que es tan ciego que lo más álgido de la guerra lo sufre entre sombras y gritos por haber destrozado sus lentes; el de un asaltante que de ser el más fiero bandolero termina siendo el más desalmado defensor de la causa del consejero; de un emigrante que quiere la muerte más gloriosa defendiendo la fe y la encuentra en el más tonto de los pleitos entre machos que pelean por una hembra; y así se puede seguir con las estampas que van dando forma a este episodio tan absurdo como sorprendente

La historia registra 4 intentos republicanos por aplastar a este movimiento rebelde, ¿era tal la fuerza y fe de este grupo que no tenía más que un machete y piedras para defenderse?, ¿es una muestra de la debilidad de esos cuerpos castrenses que se empeñan en mostrar fortaleza en sus exhibiciones?, ¿es tan relativamente cercano romper con el dominio de ciertos grupos que más que élites se comportan como castas?, ¿Canudos es un ejemplo de lo que es posible cuando la desesperanza y la miseria se lo han llevado todo?

Sí, es también justo decir que por momentos las descripciones o la abundancia de personajes puede llegar a ser extenuante, en la versión de bolsillo que leí son poco más de 800 páginas de lectura, por eso es que dejo a consideración del lector el que se profundice en este relato, pero no se puede negar que el dramatismo e intensidad que se logra en muchos momentos de la historia hace de la lectura algo muy enriquecedor.

sábado, 22 de septiembre de 2007

Decena trágica que permanece


No sé si sea una virtud o un defecto, pero cuando encuentro a un escritor de mi agrado me vuelvo algo así como un militante. Si fuera un caso de mercadotecnia se puede decir que soy fiel a la marca. Luís Spota es un escritor que me ha hecho seguir su pista de manera particular.

La pequeña edad es una novela que pese a ubicarse en el transe de la decena trágica mantiene actualidad por los dilemas que presenta el escritor. El escenario superficial gira en torno a la familia Rossi atrapada en el fuego cruzado entre fuerzas ¿leales? al gobierno de Francisco I. Madero y los traidores que buscaban derrocarlo.

La actualidad se consolida en un constante dilema de lealtades y cuestionamientos, donde los personajes van sufriendo, se van cuestionando, donde sufren trasformaciones, aunque no por fuerza evolucionen. Por momentos la prosa se recarga en la introspección, en el diálogo con la divinidad, en el cuestionamiento interno, pero a final de cuentas terminan siendo confidencias con que el autor nos involucra en momentos muy lúcidos de su pluma.

La historia inicia con la vida de Aldo Rossi, de origen italiano, comerciante, de vida acomodada, y que está casado con María, mujer obstinada en la dureza, la austeridad y el sacrificio ofrecido a Dios. La pareja tiene como aparente vínculo a Luís Felipe, un niño enfermo de viruela, ¿metáfora de la enferma república, y a la vez llena de un futuro incierto?

Aldo Rossi es un hombre maduro, y sirve como un tipo de amante protector de Betina (mujer que aunque nunca aparece es una sombra permanente en el pensamiento de Aldo), pues la vida marital con María simplemente es inexistente. Aldo sabe que está cerca el tiempo en que tener amante será más por regalos físicos que por fuerza viril. Ese destino parece retrasarlo con Betina. María, por su parte se ha casado con Aldo, porque, pus hay que estar casada. Su vida, herencia de su madre, es vista como sacrificio, como dolor, como negación, cualquier placer mancha, ensucia, la vida es una eliminación de todo tipo de satisfacción, sú único diálogo profundo es con la divinidad, sin que ello elimine momentos de ira, de blasfemia y de interesantes retos a lo sobrenatural. La rutina de los Rossi es simplemente tratar de resolver cada quien su propio dilema vital.

Es este círculo íntimo es que se va desarrollando un círculo externo por la trama político militar. A lo largo de los eventos previos y ya de la decena trágica como tal se discuten teorías, premisas, suposiciones, rumores y cuanto la gente cree es la verdad sobre los momentos de apremio que vive, especialmente el centro de la ciudad, entre el Zócalo y la Ciudadela.

Rossi no es leal a María, pero la confianza que tiene puesta en Madero como el presidente y hombre conveniente del país lo lleva a confiar ciegamente en que éste se mantendrá en el poder (como la terca defensa que hice por algún tiempo del sexenio foxista, perdón por la confesión). Por otra parte, María ve a Madero como el loco, como "ese hombre" que vino a poner el desorden, el que atentó al conveniente orden y gusto porfirista. Spota estuvo lejos de ver los enredos y ridículos del sexenio pasado, pero en La pequeña edad (1964) parece que nos expone el destino que parece tatuaje de nuestro camino: el servirse de México en la búsqueda del beneficio personal.

A medida que los eventos bélicos avanzan se va exponiendo el caos, la miseria, la incongruencia, el desastre de las locuras de las élites. Tiros, gente huyendo, temerosa, cañonazos, militares que no saben por luchan, ni a dónde disparan, pero que cumplen su deber, pues así es esto de la milicia.

Avanzan los hechos bélico, y Rossi, metido en sus angustias, desespera por rescatar a Betina, pero a la vez desea el lógico y heroico triunfo del presidente, por lo que llega al grado de permitir que un cañón de la tropa al mando del capitán Ojeda use su azotea para disparar su cañón en contra de los rebeldes, además de buscar la amistad de Ojeda, en manifestaciones de entre admiración y ternura.

Spota logra, por medio de Ojeda y su tropa extender el dilema emocional de la familia Rossi. De pronto la lucha, el caos, el absurdo, la procacidad está dentro del santuario de los Rossi. Tropa que destruye la casa ocupada, que orina o defeca donde se les antoja, que vive con sus soldaderas momentos escasos de placer corporal, La lucha de clases degrada toma el control de la historia. Pero no hay escapatoria, las calles son una copia de lo que se vive en el interior, suciedad, muertos que tienen que ser apilados e incinerados (en la medida de lo posible), hace que el ambiente esté permanentemente cargado de heces, orines y carne putrefacta.

Ojeda, a su vez, es el claro ejemplo del héroe que sabe que no van a ganar, que su lucha está al margen de las decisiones de los superiores (como si oyéramos a Óscar Chávez y su canción de Román Castillo, quien ya tiene roto su espadín), que su tropa no tiene parque, el rancho en famélico, que siente pena por la miserable condición en que lucha, que no sabe bien a bien cómo explicar el qué o por que hay que hacerlo si no tiene ninguna posibilidad de éxito, que será perdedor por mantenerse fiel a sus propias e inconvenientes convicciones. ¿Ojeda es el pequeño estoico que todos podemos tener dentro en tanto no nos pleguemos a intereses más materiales?

Es en este entorno miserable, de cuestionamientos que diversos detalles mantienen el interés de la novela: Rossi obstinado en conseguir un salvoconducto para poder rescatar a Betina, María que en un momento de debilidad se entrega a la pasión carnal, y con ello empezar a cuestionar su limitada visión de la vida; un Luís Felipe que es parte del conflicto, pero visto como magia, como emoción, donde aún hay un tiempo de bueno y malos.

Para quien se sienta atraído por esta novela encontrará grata la presencia de la servidumbre de la familia Rossi, que mezcla servilismo, lealtad e incluso la insolencia del criado que ya es parte de la familia, por los diálogos políticos que parece que son de apenas hace 3 días (ya sea en México o en Latinoamérica), por los motivos del vecino de los Rossi y su pequeña venganza contra una sociedad escrupulosa, pero especialmente por la forma en que María representa su propia expiación por medio de la muerte de un soldado, manifestación de lo sagrado, de lo carnal, de lo fiel, de lo absurdo, ¿y es que caso no es eso la vida del ser humano?

Luís Spota, en La pequeña edad, da una muestra más de ser una pluma fuerte, ágil, profunda, pero que por ello elitista, que mantiene vigencia, frescura e invita internarse en sus relatos.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Balatas quemadas


Pasados los cuarenta minutos de rigor, por fin llegó la grúa que había pedido Esteban a su servicio de auxilio vial. El calor era intenso, y de no haberse estacionado bajo un árbol se habría cocido fácilmente en la plancha de asfalto que no tiene piedad de nada ni nadie.

Desde la llegada de ésta ve cosas raras, el ruido del motor, desde donde se encuentra es muy fuerte, la cabina vibra como si fuera una tina de hidromasaje, al pasar junto a una llanta el olor nauseabundo de balatas quemadas le golpea la nariz, pese a que las puertas están cerradas estás no ajustan como seguramente lo hacían hace unos 25 años, o al menos eso pareciera. El punto culminante es cuando la pluma de la unidad “trata” de subir su auto enganchado, sí, tratar, pues necesita de una cuña de metal para que el brazo pueda mantenerse en el ángulo necesario. Es tarde y Esteban no está como para hacer gran escándalo por la deplorable grúa

La aventura inicia cuando pretende abordar la unidad de su “salvador”. La puerta está más descuadrada de lo que se ve a simple vista (por asombroso que parezca), así que abrirla es complicado, hay que presionar fuerte (bastante fuerte) el botón de la manija, cuando por fin cede parece que se va a caer como si fuera un coche de payaso de circo. El asiento está lleno de recortes de diarios, tan amarillos que ni caso tiene tratar de ver fechas, de revistas un tanto destrozadas, el tablero tiene un infaltable peluche color obispo, de las calcomanía que hay en vidrio trasero de la cabina es de lo más típico, una de Jesús con su corona de espinas y al lado una que tiene impresa una gatita sensual con la inolvidable frase “no llevo”.

Por fin sube el grullero a la cabina, de inmediato lanza la pregunta: ¿para dónde vamos? El tipo de gordo, está sucio, tiene los ojos un tanto inflamados, sus labios están resecos, no se puede saber si está despeinado porque pareciera que tiene con su gorra algo así como quince días, quizás más. Recibe la dirección y sin más arranca la unidad. La máquina suelta un alarido que parece vivir un suplicio de enfermo terminal. Esteban piensa que la unidad se resiste como un tigre ante su domador en algún truco. Cuando entró la primera velocidad, luego de dos intentos empezó la preocupación, parecía que la grúa estaba en peores condiciones que su auto enganchado.

La marcha de la grúa no pudo ser más desalentadora. Era tan pesada, ruidosa, parecía que sólo era cosa de esperar para que poco a poco fuera dejando la defensa, el guardafango, los birlos, en el camino. Esteban sentía entre angustia por la unidad y un insano consuelo de que lo que había sufrido su coche era realmente una simpleza frente a lo que sufría la grúa en cada giro de sus neumáticos.

- ¿Mucho tráfico? –Dijo Esteban para tratar de no pensar en las angustias de esa cafetera.
- Más o menos, -respondió el grullero- Lo que sí está jodido es la cruda que me cargo.

Esteban hizo una sonrisa, una mueca, en sí, lo más amable que pudo. El héroe que el seguro le había mandado no era más que un borracho en acto de contrición.

- Estuvo fuerte la fiesta –Esteban lanza la afirmación para tratar de entender y aligerar la confesión del conductor de la grúa.
- No, lo que pasa es que mi hija andaba con el novio y como éste andaba algo tomado, pues chocaron, nada grave, pero tuve que ir a hacerles el paro.
- Ah, -dijo Esteban, ya más sereno-, bueno, ¿fue una noche muy larga?
- Sí
- ¿Y en cuanto salió todo ese rollo?
- En seis mil pesos –dijo el grullero alzando las cejas, como si nunca hubiera visto esa cantidad.

El trayecto no era del todo agradable, la grúa rechinaba entre cómica y desesperante cada vez que frenaba, claro, con el ya presente olor a balatas quemadas, Esteban no quiso pensar más en ello, ¿qué iba a ganar?, ya estaba metido en esta y sólo esperaba que llegara bien, sano, completo, con todo y auto remolcado con su mecánico.

Los siguientes 10 minutos sólo se escuchan los ruidos que nacen de todos lados de la grúa. No hay charla, no hay tema, no hay deseos, el grullero metido en sus líos, Restaban pensado en todas las cosas que como cada día, que como cada semana, que como cada mes, lo tienen más tiempo fuera de su casa que dentro de ella. No es simple abandono, quizás es el matiz de la nueva esclavitud de este siglo: perseguir satisfactores a toda costa. Un cavernícola con su lanza dominó a la naturaleza, un celular ahora te domina tu naturaleza.

- Ah,-exclama con angustia el grullero-¿aquí era a vuelta?
- No, hay que seguir más adelante es pasando el parque España –dijo Esteban para serenar al capital de navegación.
- Ah, menos mal –dijo el piloto, al tiempo que se metía un cepillo de dientes en la boca. Esteban se preguntaba ¿quién diablos usa un cepillo dental como mondadientes?
- Abusado, no se distraiga así, casi me da un susto –Esteban pensó que decir esto en tono un tanto ligero sería bueno, estaba preocupado, pero no era buena idea ponerse a discutir a mitad del camino.
- Disculpe, -un tanto apenado- lo que pasa es que me quedé pensando que mi teléfono celular, porque se lo quedó mi esposa y no le borre un mensaje.
- Ah, algún mensaje de su novia casual –a Esteban le importaba un comino las aventuras sexuales del conductor, pero pensó que así, paradójicamente, lo tendría más atento al camino.
- Es que el mensaje es de una amiga donde me avisa la semana pasada que ya le había bajado –al tiempo que la caja de velocidades soltaba un alarido seco por no aceptar el cambio que el grullero demandaba.

Esteban no supo si sentirse incómodo ante la vulgaridad de lo confesado o maravillado por esa “travesura” de la que se había salvado el conductor.

- ¿Lleva mucho en ese negocito?, preguntó Esteban para mantener la charla
- Como dos años
- Mmhh –rumió Esteban, pues el llevaba cinco años de casado, y nunca se había animado a tener su amante, un sentimiento de áspera envidia le empezó a frotar los músculos- ¿entonces ya no es algo un tanto más serio lo que llevan?
- No –dijo con tono cínico- es una vieja que está…, como dicen, insa…, insa…
- Insatisfecha –apuró Esteban.
- Sí, eso, una vez le di servicio en la noche y sin más me soltó que estaba hasta la madre de su buey, que no le hacía caso, que trabajaba mucho, ya sabe, chillonas como son. –el grullero no tenía ningún tipo de miramiento o disculpa, manejaba un tono de sólo-hago-lo-que-debo.
- Mmmmm, -musitaba Esteban que sin saber motivo empezaba a sentir curiosidad morbosa,
- Yo –decía el chofer-, la verdad es que la paso bien, pero este tipo de broncas en que me quería meter la verdad ni me van ni me viene, total, si ella se embaraza ese es su bronca, y del pobre buey que no se da cuenta. La vieja está rica, para que negar, pero que ni crea que me va a embarcar.
- Claro –atinó a decir Esteban.
- Además -completó el chofer- como uno anda en la calle no hay problema, es más, a ella la veo cercas de Insurgente, ni siquiera paso a su casa, no vaya a ser un día nos caiga el chahuistle.

La charla estaba cayendo en confidencias que de tan corrientes resultaban simpáticas a Esteban. Sólo es un chofer –pensó-, un fulano que apenas se gana unas monedas al día, que no tiene futuro, que no tiene nombre, ¿acaso no tiene derecho a tener sus aventuritas para no sentir tanto la miseria de su destino? Sólo aprovecha lo que otro deja ausente.

- ¿Y cómo es la tipa esta en cuestión?
- Chaparrita, de cabello oscuro, eso sí, tiene una “pechonalidad” –el grullero hizo un ademán entre asquerosa y divertida-, la verdad es que está bastante buena cuando se lo propone, yo creo que cuando se pone para su buey y el muy pendejo ni caso le hace.
- Ah, -sin haber razón Esteban empezó a sentir una especie de molestia, como de calorcito en cuerpo, como si algo lo empezara a perturbar.
- ¿Y a qué hora la puede ver?, porque esto de la grúa es muy pesado, ¿no?
- Ah, uno se da sus mañitas, justo al vi el día de ayer, me dijo que su viejo había ido a mecánico, que porque su coche andaba jodido y que se iba a quedar ahí un buen rato.

Esteban empezó a sentir una molestia más que aplastante. Es absurdo –pensó-, miles de personas al día, en una ciudad tan grande como esta van al mecánico todos los días. No hay motivo para empezar a pensar cosas que ni al caso.

- Sí, fue ayer celebramos lo de que ya le había bajado, total, ella fue la que me mostró su pescadito.
- ¿Pescadito –dijo Esteban ya muy interesado.
- Sí, tiene un pescado…, más bien un delfín, sepa la chingada, allá por donde le platiqué, a ella le gusta mucho que juegue con su pescadito –el chofer buscó con su codo, en la imaginaria el brazo de Esteban para decir lo que faltaba.

Desde ese momento Esteban quedó en silencio. Ya no le importó el olor de las balatas, la brusquedad para pasar los topos, poco le interesó el sentir la marcha de esa carcacha que parecía que tenía los baches integrados a las llantas. Por fin llegaron a donde el mecánico iba a revisar el coche.

Esteban sólo vio cuando el grullero bajó su unidad, levantó el reporte y emprendió la marcha, no son antes hacer gemir a la máquina, que peleaba como gato salvaje cada vez que pretendía meter una velocidad.

Cuando la grúa dio vuelta por la esquina sólo atinó a murmurar,-y yo todavía le ando pagando su seguro de auxilio vial a Mariana.